diciembre 22, 2007

El rostro trasplantado

Sobre las grandes pantallas ya se escurrían los primeros salpicones de sangre. Barato celuloide americano desembarcaba en Europa y traía consigo el miedo y la violencia gráfica como las nuevas (pero prohibidas) emociones del cine. Los franceses, delicados artesanos del cinema, no podían quedarse atrás e ingresaron en lo horrendo como correspondía a su fama. “Les yeux sans visage” (“Ojos sin rostro”, 1959) es la película de horror más elegante jamás filmada. Pero lo cortés no quita lo valiente. Los críticos quedaron traumatizados. Esta película agredía sus refinados conceptos del cine francés, pero al mismo tiempo los fascinaba con su narrativa maestra. Lo intolerable era que su virtud estaba al servicio de sórdidas audacias. Mientras la vecina Alemania era aún muy sensible a cualquier referencia a la crueldad de sus científicos nazis, Francia mostraba al vecindario esta cinta sobre un doctor demente que extirpa el rostro de bellas jóvenes por amor a su hija.

El proyecto original de “Ojos sin rostro” estaba destinado a ser una cinta Serie B promedio. Un productor inglés llegó con los derechos de la novela de un tal Jean Redon, su intención era convertirla en una película rentable dentro del circuito francés y, con suerte, más allá. Quizá tristemente para sus bolsillos, aunque fortuna para la historia del Cine, el proyecto terminó siendo encargado a George Franju. Este director tenía el prestigio suficiente como para involucrarse en un proyecto tan poco prestigioso. Había sido co-fundador de la Cinemateca Francesa y su primera experiencia como director la obtuvo rodando en un matadero de París (“Le Sang des bêtes”, La sangre de las bestias, 1949). Para “Ojos sin rostro” obtuvo el apoyo de maestros con quienes logró convertir aquel material en una película insólita. Trastocaron el planteamiento original el dúo de guionistas Boileau-Narcejac, autores de una novela adaptada por Hitchcock como “Vertigo” (1958). Se ocupó de su escalofriante blanco y negro, el director de fotografía Eugen Schufftan, anteriormente responsable de los efectos especiales de la futurista “Metrópolis” (1927). Tanta delicadeza reunida ameritaba un público rendido. Y así fue, literalmente. En el Festival de Edimburgo (Escocia) varias personas se desvanecieron cuando ocupó la pantalla una escena de “Ojos sin rostro”, particularmente bizarra. Georges Franju se defendió sin delicadeza: “Ahora sé por qué los escoceses usan falda”.


Mal que bien, “Ojos sin rostro” cruzó el Atlántico. Pero el mercado norteamericano la encontró demasiado controversial, la recortó profusamente y la confinó a ser distribuida como una película de Serie B promedio, aunque no sin destacar comercialmente su factura “arty”. Rebautizada como “The Horror Chamber of Dr. Faustus”, fue double feature con otra cinta sobre científicos locos llamada “The Manster” (1962). Recién en el 2003, “Ojos sin rostro” pudo mostrar a este publico su horroroso esplendor original.

El peculiar científico loco de “Ojos sin rostro” es el Dr. Génessier. Su hija Christiane ha perdido toda la piel del rostro como consecuencia de un accidente automovilístico ocasionado por su padre. Obsesionado por la culpa, Génessier investiga la manera de transplantar una nueva cara a su hija. En complicidad con su secretaria y amante, Louise, quien debe la reconstrucción de su rostro a Génessier, secuestra muchachas que son despojadas de toda fisonomía en la sala de operaciones. Mientras tanto, Christiane, al tanto de todo, deambula por la mansión cubierta por una máscara fría que sólo revela sus ojos angustiados. Después de dos intentos, el doctor logra otorgarle a su hija un rostro de “segunda mano”. Los crímenes parecen haber logrado su propósito, pero al poco tiempo la nueva identidad de Christiane se descompone al ser un tejido que su organismo rechaza. Génessier, frustrado, reinicia la búsqueda de víctimas. En el quirófano, una desafortunada se topa con la faz desnuda de Christiane.

Varias razones hacen del Dr. Génessier un villano de lo más intolerable. Su crueldad resulta tan verosímil como el retorcido amor paternal que lo motiva. La culpa desencadena su monstruosidad. La obsesión por reparar el daño que causó a su hija se pone por encima de cualquier moralidad. Mientras tanto, Christiane vive la terrible ambigüedad de alentar las atrocidades, al estar naturalmente expectante de una salvación, pero conservando la noción de lo moralmente correcto, algo que su padre quizá nunca tuvo. Puesto así, la película puede verse como una oscura sátira de la obsesión de curar, y una vez más, de la Ciencia en su afán racionalista de superar a la Naturaleza. Y este es otro aspecto que hace de Génessier un malvado tan perturbador: su extrema frialdad parece tan natural a su condición de médico, casi un comprensible gaje del oficio. Precisamente esta es una de las claves que sostienen la atmósfera tan siniestra de “Ojos sin rostro”. En el desarrollo del film se asoma constantemente el tono documental; a través de la jerga médica, las sesiones de cirugía y su afilado instrumental. Por ejemplo, cuando se muestra la decadencia del “nuevo” rostro de Christiane mediante una secuencia de fotografías, cual archivo médico, que son descritas por Génessier con frases como “pequeños nódulos subcutaneos”, “ulceración” o “necrosis”. No hay horror peor que aquel que se maquilla de cotidianidad.

Otra reflexión principal en “Ojos sin rostro” es la profunda relación entre apariencia e identidad. Quizá más ahora que en su momento, la película parece un oscuro anticipo de que el artificio, la alteración de nuestra naturaleza, es cada vez más importante para nuestra identidad. Si se hiciera una nueva versión de “Ojos sin rostro”, el Dr. Génessier tendría que ser un exitoso cirujano plástico de Los Angeles. Su talento ya estaba demostrado, Louise, la amante, es una bella mujer gracias a la ciencia de Génessier. Su hija, bajo la máscara, es un fantasma a la espera de volver a “existir” por la bendición del bisturí.


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diciembre 10, 2007

La nación clandestina

Una metáfora cinematográfica puede contener varios libros de antropología. Las naciones clandestinas que pueblan Latinoamérica se funden al calor de los siglos, se contaminan con cautela o se repelen a pedradas. Un hombre aymara retorna a la pureza. Su existencia, mermada por el desprecio de su origen y después por la traición, se inmola en honor de su comunidad. Sebastián, el expulsado, ejecuta el Danzanti, una danza inmemorial que ya casi nadie recuerda. El baile debe concluir con la muerte del ejecutante, exhausto bajo atuendos coloridos y una pesada máscara de diablo.

“La nación clandestina” (1989) es posiblemente la mejor película hecha en Bolivia, un país donde la expresión cinematográfica es mediana y esporádica, como sucede en buena parte de América Latina. La formación de su director, Jorge Sanjines, fue resultado de una época donde un importante sector de las artes tenía inculcado un compromiso político: alentar a las masas hacia la Revolución. Con esta intención, el cine, como la literatura o la pintura, era concebido como el hacha que rompiera el hielo de la pasividad en el espectador. En los setenta, liderando el Grupo Ukamaru, Sanjines realizó sus primeros trabajos ensayando una visión socialista del mundo indígena y sus problemas. La narrativa de su cine favorecía el distanciamiento antes de la seducción del relato, y el protagonismo colectivo por encima de los avatares de un héroe. Naturalmente, los tiranuelos de uniforme tomaron nota y el Grupo Ukamaru sufrió persecución. Sanjines partió al exilio pero continuó realizando películas con comunidades campesinas en el Perú y Ecuador. Tiempo después, cuando la dictadura de turno perdía fuerza, Sanjines retornó a Bolivia con un cine igual de combativo pero con mayor complejidad formal. “La nación clandestina”, su obra definitiva, estaba por venir. La película se realizó gracias al apoyo financiero de instituciones de Europa y Japón, pero su factura es netamente autóctona. Con total libertad en el guión y holgado de tiempo para la producción, Sanjines se concentró en las contradicciones del mundo andino a través de un relato contundente y magníficamente ejecutado.

La acción se centra en un individuo que simboliza una colectividad originaria, pero clandestina ante el Sistema. El tema es el desarraigo de Sebastián, nacido en una comunidad aymara pero entregado desde la infancia a los patrones de la ciudad. Inevitablemente el haber crecido alejado de su comunidad y habiendo sido objeto de racismo, hicieron de Sebastián un renegado de su origen. En La Paz, Sebastián decide cambiar su apellido Mamani por Maisman, por el caché extranjero. Todo esto es evocando en una escena, la primera de la película, en la cual los familiares lamentan el menosprecio de Sebastián, pero reconocen ser ellos los primeros culpables.

Entre los mestizos, la vida de Sebastián transcurre entre el servilismo a los paramilitares, que defienden intereses antipopulares, y la degradación mediante el abuso del alcohol. Es justamente en una cantina donde su hermano Vicente, profesor de escuela todavía unido a su comunidad, lo encuentra para darle la noticia que dará otro giro a su vida. Su padre ha fallecido y ahora es requerido por su madre para cultivar la tierra. Entonces Sebastián decide retornar, se hace campesino y consigue esposa. En poco tiempo se gana la confianza de su gente y, gracias a sus anteriores vínculos con La Paz, lo eligen jefe de la comunidad. Pero el viejo trauma del desarraigo lo hace ahora proclive a la tentación de la corrupción. Se beneficia personalmente de ayuda extranjera y oculta información a su comunidad para impedir que esta se movilice políticamente. Al ser descubierto Sebastián es humillado públicamente y es expulsado de por vida. Nuevamente en La Paz, el remordimiento lo persigue, su regreso a la vida urbana está vacío de sentido. Desesperado encuentra como único medio de expiación la antiquísima tradición del Danzanti, que recuerda haber presenciado de niño, donde el ejecutante baila hasta la extenuación y muere en honor de su comunidad. Con una enorme máscara a cuestas, cual Cristo con su Cruz, Sebastián emprende su retorno final al orígen, atravesando un país nuevamente agitado por golpes de Estado y persecuciones políticas.

“La nación clandestina”, una producción de bajo presupuesto, de actores no profesionales y con más de la mitad de los diálogos hablados en aymara, fue todo un éxito de crítica y público. Al otro lado del charco, en Europa, el jurado del Festival de San Sebastián la premió con la Concha de Oro. Mientras tanto al interior de Bolivia, el propio Sanjines la proyectaba en escuelas y plazas.

Además de su argumento envolvente que logra la identificación de un público comúnmente ajeno al cine, el pueblo aymara, “La nación clandestina” se destaca por ser experimental en lo formal, en el afán de aproximarse al arte del cine desde una visión indígena. La noción andina del tiempo donde los sucesos no acontecen en línea recta, sino como parte de un devenir cíclico; y su memoria colectiva, que no organiza los recuerdos en orden cronológico, encuentran correlato en la estructura del film mediante la alteración de los tiempos. Mientras la mitad del film transcurre, el último viaje de Sebastián hacia su comunidad; la otra parte, las razones y la experiencia del desarraigo, transcurre entremezclada. Cada escena es mostrada mediante lo que Sanjines llamó “el plano secuencia integral”, tomas largas sin cortes que abarcan diferentes acercamientos y ángulos, integrando a los personajes con su medio y evocando la colectividad andina. Si bien estos recursos no son invento nuevo, resultan sorprendentes por su armonía con este relato de contradicciones. “La nación clandestina” juega con varios extremos, el aislamiento y la aculturación, el bien común y el destino individual, pero el más provocador es quizá el paso del ser alienado a conformar parte de una memoria colectiva.


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