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junio 07, 2008

La venganza se sirve fria

En los 70´s, después de años de lucha, el movimiento feminista por fin lograba implantar en el imaginario colectivo a un nuevo enemigo: los hombres. Siempre y cuando estos insistieran en ejercer la conducta represiva de la sociedad patrialcal que crearon. El cine, ese gran reciclador, no podía desaprovechar aquella ola de indignación general frente al maltrato contra la mujer. Hubo infinidad de reacciones desde el cine culto o militante, pero quienes realmente dieron “escarmiento” a los machistas fueron las sensacionalistas producciones de Serie B. Los cinemas de medianoche tenían un nuevo subgénero en las marquesinas: el rape and revenge. Una interpretación explotation del movimiento feminista. Jóvenes inocentes cuyo destino les deparaba la terrible sorpresa de ser violadas, incluso por varios individuos, y no sin brutalidad. Pero el trauma en lugar de paralizarlas, despertaba en ellas una sed de venganza que sólo se saciaba cuando las cabezas de los agresores finalmente rodaban por el ecran.

El film sueco “Thriller: A Cruel Picture” (1974) es una de las representantes de este subgénero. Como sus semejantes utiliza una fácil coartada moral para explotar en sangrienta venganza. Es decir, la inocencia, personificada en la protagonista, una vez ultrajada adquiere licencia para transformarse en crueldad. Es más, la platea espera con los dientes apretados que esta transformación resulte exitosa y que los malvados reciban el doble del daño que hicieron, creándose así una dudosa sensación de justicia. Curiosamente, y esto se debe al apogeo del feminismo en los 70´s, hacer justicia no es tarea de policías, jueces o padres, que al fin y al cabo también son hombres y sólo pueden imaginar una experiencia tan traumática, sino de las propias víctimas. La violación entonces, desde la visión de este subgénero, “empondera” a quienes la sufren. Tal vez esta idea no sea del todo descabellada. Pensemos que como respuesta a tantas inequidades surge el feminismo, considerado en sus inicios como un movimiento subversivo. Sin embargo, por lo general, en estas películas queda poco margen para la reflexión. La ilustración del relato suele ser tan visceral como la indignación que producen los vejámenes contra la protagonista. Al mismo tiempo, la agresión está individualizada. Los atacantes son escoria humana pero tienen nombres propios y reconocemos sus caras cuando estas, luego, se retuercen de dolor. Es decir, no hay crítica alguna al Sistema. Pero sabemos bien que el explotation nunca quiso cambiar la sociedad, simplemente intenta crear espectáculos de sus vicios. Y es por eso que las feministas nunca aplaudieron ninguna rape-revenge movie.

Precisamente de Suecia salió uno de los primeros antecedentes de este subgénero, y nada menos que del cine respetadísimo de Ingmar Bergman. Me refiero a la excelente “Junfrukällan” (1959), en español conocida como “La fuente de la doncella”. Si bien en esta película la víctima no puede hacerse cargo de la venganza, porque es asesinada, sino su familia; como espectadores nos invade la misma sed de sangre que, aunque justificada con misticismo y reflexiones filosóficas, finalmente no quedaría insatisfecha. Curiosamente, varios años después, uno de los asistentes de Bergman en la clásica “Persona” (1966), Bo Arne Vibenius, sería el director de “Thriller: A Cruel Picture” que retribuiría al espectador de una manera mucho más gráfica.

Bo Arne Vibenius prefirió firmar con el seudónimo de Alex Fridolinski, al parecer ya sospechaba que su película sería la primera totalmente censurada en su país. Por un tiempo circularon versiones recortadas en los mercados del eurotrash, el principal interés era su protagonista, Christina Lindberg, la niña angelical del soft-core sueco. Tal vez este cuento de venganza habría quedado en el olvido sino no fuera hoy otra referencia de aquel amasijo de referencias que fue “Kill Bill” (2004) de Quentin Tarantino. Tarantino se inspiró en la protagonista de “Thriller: A Cruel Picture” para concebir al personaje de Elle Driver, la tuerta.

En “Thriller: A Cruel Picture”, la violación será solo el primer círculo de un destino atróz. Siendo niña, Madeleine fue ultrajada por un viejo y el trauma la dejó muda. Vive sencillamente trabajando en la granja de sus padres, siendo objeto de compasión de sus vecinos. Un día al perder el bus acepta, para su desgracia, subirse al auto de un hombre de ciudad. El hombre, complacido con su docilidad y que no sepa decir ni una palabra, la invita a un restaurante lujoso y luego a su departamento. Una vez ahí la duerme y comienza a inyectarle heroína. Al despertar, semanas después, Madeleine se entera que le esperan días horrendos. Ha caído en la trampa de un proxeneta que la obligará a prostituirse a cambio de la droga a la que ahora es adicta. Por si no fuera suficiente, cuando Madeleine araña la cara de su primer cliente, el caficho se lo cobra quitándole un ojo con un bisturí. En adelante usará un parche del color que haga juego con su vestido. Como sus padres han sido engañados por unas cartas enviadas por el secuestrador, donde les hace creer que su hija los odia y que ha escapado; en su primer dia libre, Madeleine sale en su busca pero se encuentra con otra desgracia: se suicidaron el día anterior. Desde entonces Madeleine toma una determinación silenciosa para la cual, cada lunes, se entrena en artes marciales, manejo de armas y en conducir a alta velocidad. Soportará todavía más días de humillación pero se irá acercandose el momento en que sus crueles clientes y el proxeneta, pagarán con sus vidas.

En estilo, esta película resulta siendo más “fría” que “cruel”. Al parecer, hasta en sus producciones Serie B puede respirarse ese clima de silencio e inexpresividad del cine nórdico. Ningún maltrato es capaz de que la protagonista emita sonido alguno, incluso la música incidental prefiere casi siempre mantenerse callada. La secuencia de la venganza, en cuyo estilo algunos ven un antecedente de “Matrix”, es mostrada en cámara lenta: disparos de Madeleine vestida de negro, víctimas a quienes les explotan manchas rojas en la ropa y cadáveres que se desploman lentamente. Pero fue más bien un truco para caer bien parado si cuentas con un presupuesto pequeño y baja destreza técnica, pero quieres rodar una escena de acción intensa.

“Thriller: A Cruel Picture” es también una película pornográfica. Su narración tranquila, en las escenas de cama, se ve trastornada por close-ups coitales que más bien causan extrañeza. Obviamente los insertos no fueron filmados por Christina Lindberg, una belleza sueca que colmó con su desnudez tantas páginas centrales en revistas para caballeros y que luego encabezó carteles de cine erótico, y que ahora intentaba mantener a raya la sed por lo explicito que su oficio exigía. Durante la explosión del porno chic de los setenta, Christina Lindberg fue de las actrices que prefirio ponerse la bata y marcharse. Gerard Damiano, el que llevó el porno a las primeras planas con su “Garganta Profunda” (1970), tuvo a Christina en uno de los proyectos que no culminó. Según la actriz, fue el mismo Damiano quien, quizá conmovido por su rostro angelical, le sugirió que abandonara el set pues se trataba de un film hardcore y ella parecía una “chica buena”. Lindberg se retiró del swedish erotica, fracasó como artista formal pero luego encontró estabilidad como periodista. Tiempo después dirigió su propia película: un instructivo donde explicaba a los niños cómo
recoger champiñones por el bosque.


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enero 05, 2008

Vello público

Muchas excentricidades suelen ocurrir cuando la Censura se relaja. Por ejemplo, en Francia, a mediados de los 70´s, propiciada por un clima de distensión, floreció ante la luz pública, la pornografía. El género, todavía lejos del carácter funcional de nuestros días, emulaba aplicadamente las formas del largometraje. Un argumento, con meseta y resolución, debía dar fluidez a tanta excitación. Pero a veces la imaginación porno elegía caminos disparatados, sin embargo, los críticos sonreían ante su desfachatez que les parecía refrescante. Si Estados Unidos comenzó el “porno chic” con “Garganta Profunda” (1970), entusiasmando a las masas con una boca con propiedades vaginales, los franceses hicieron lo propio con “Le Sexe Qui Parle” (El sexo que habla, 1975) sobre una vagina con virtudes bucales, es decir, con un irritante don de la palabra (y, presumiblemente, con una profunda dentadura). Ya que tiene labios que hable, pero que no pronuncie discursos. La vagina parlante es insultante, impositiva, egoísta y le importa un pito el refinamiento. El porno, un acto de malcriadez.

“El sexo que habla” pertenece a Joelle, una mujer parisina treintañera y preciosa, que repentinamente se siente impulsada a seguir a una muchacha en la calle, dar una sorpresiva felación a un compañero de trabajo e incluso masturbarse en medio de una reunión. Su esposo Eric enfurece al ver a su mujer tocarse frente a sus colegas y de vuelta a casa discute con ella. Pero la última palabra la tendrá la vagina de Joelle que rompe su silencio para insultar al marido. “Todas hablamos pero no tenemos necesidad de hacerlo hasta que nos encontramos a un imbécil como tú”, replica como toda explicación. Resulta que el deficiente desempeño de Eric es tan insatisfactorio para la Vagina que esta ha decidido tomar el poder y arrastrar a Joelle hacia los comportamientos más hedonistas. Eric contactará a una amiga psiconalista para pedir su opinión del fenómeno. Pero la Vagina abrirá sus velludos labios no para revelar un trauma sexual, sino para dar una orden: “aquí vamos a divertirnos los cuatro”. La psicoanalista y Eric son incitados a tener sexo para el disfrute de aquella vulva que es acariciada por su propietaria.

Como pueden apreciar y como suele ocurrir en las ficciones pornográficas, estamos es un mundo absolutamente irreal. Luego de la faena, la psicoanalista da una conferencia de prensa donde revela la existencia de aquel aparato genital parlanchín. Presumiblemente se trata de una extraña enfermedad moderna. Los medios entran en frenesí. Un periodista saldrá dispuesto a todo para conseguir una entrevista exclusiva con la Vagina. Eric y Joelle no tendrán mas escapatoria que huir de la ciudad, pero a todo momento el sexo de Joelle no dejará de desproticar contra el pobre Eric y darse satisfacción forzando a Joelle a tener experiencias furtivas en un cine porno, para variar. Una noche, mientras Joelle duerme, Eric y la Vagina conversan en un intento de entendimiento. Ella le cuenta el pasado sexual de su esposa. Tras ser acosada sexualmente por su padrastro, en la pubertad, en lugar de un trauma desarrolla un interés audaz por el sexo. Primero desvirgada por la nariz de un muñeco de Pinocho (bajo el gemido de “Miénteme”), continuará su aprendizaje con un maestro de escuela y hasta con un cura confesor. “La pasábamos tan bien antes. Todo cambió cuando te conocimos, cabrón”, dice la Vagina con amargura. Siendo imposible la concilación, Eric intenta estrangular a la Vagina introduciendo su propio pene. Nunca en el cine tuvo la “batalla de los sexos” un sentido tan literal. No revelaré el final pero adelanto que es curioso por su ambiguedad. Tal vez la Vagina fue vencida o tal vez recurrió a ocultos dientes para expulsar al miembro no bienvenido.

¿Por qué una película como “El Sexo que habla” despuntó entre sus congéneres? En primer lugar, eran los 70´s y, por otra parte, porque reúne magníficamente los encantos del “porno chic”. Frase inventada por un crítico para definir la popularidad masiva que encontraron algunas películas pornográficas por esa época, ya sea debido al escándalo, a las protagonistas, a las disparatadas tramas o simplemente por moda. La idea del “El sexo que habla” era perfecta para lograr una excelente difusión a través del “boca a boca”, en conversaciones de bar, en secundarias de varones, cuarteles, gimnasios, talleres mecánicos, etc. En cualquier lugar donde se congrege la tetosterona podía salir la buena nueva: “¿sabes que hay una película sobre una vagina que habla?”. La película aprovecha habilmente el imaginario de su época: la liberación femenina, el psicoanálisis, la represión burguesa y, por supuesto, la reinvindicación del placer sexual. Pero estamos hablando de porno, donde la seriedad no cabe en ningún agujero. Todos estos temas son filtrados por la sátira. No es una película feminista, no es antecesora de la militante “Monólogos de la vagina”, es más bien una parodia, un pretexto para explotar un estereotipo clásico del cine erótico: la mujer liberal, la descarriada, la que obecede ciegamente a sus bajas pasiones. Más que un film psicológico es un delirio fantástico. Como vimos, el científico termina siendo sometido por su objeto de estudio. La “vagina habladora” trasciende cualquier simbología para ser presentada simplemente como un órgano pensante y sublevado.

“El Sexo que habla” fue escrita y dirigida por Claude Mulot, bajo el seudónimo de Frédéric Lansac, un director no muy recordado hoy pero que dio a Francia varios films pornográficos. Además de tener un guión con diálogos y fantasías ingeniosas, esta película también destaca por tener un trabajo visual ciudado. Recordemos que en aquel tiempo incluso el porno debía rodarse en 35 mm, lo que ya de por sí exigía cierta atención. Sumado a esto tenemos la recreación eficiente de antros libidinosos, alcobas a media luz y sueños masturbatorios. Pero lo mejor de todo es el encantador “punto de vista vaginal”. El mundo visto a través del “ojo” vertical de una vulva. ¿Qué más se puede pedir?

Solo me resta protestar, no contra algún aspecto de la película, sino contra sus fraudulentos doblistas españoles. En la versión hispana encontramos el imperdonable error de dar a la Vagina una voz de hombre (y encima con la labia de un parroquiano de taberna). Mi amigo Cristiam imaginó una explicación para este sabotaje: ¿Será que en la pacata España de aquellos años era preferible atenuar cualquier lectura subversiva y reducir la película a una extravagancia cómica?


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octubre 21, 2007

Las manos voraces

Las penurias del pasado se disipaban. En Japón, los analistas hablaban de un “milagro”. Con el amanecer de los sesentas, las nuevas generaciones descansaban del esfuerzo nacional matando el rato frente a la TV y el cine. En la pantalla grande ahora cabía lo que en la chica estaba proscrito. Del frondoso cine japonés la rama del erotismo ganó grosor. Los besos estaban permitidos desde algún tiempo atrás, era el momento de los azotes. Evidenciando una sexualidad compleja, por decir lo menos, las pinku eigas ofrecían un menú que mezclaba violación, tortura, sadismo y tetas pequeñas. Toda mujer llevaba dentro de sí a una masoquista reprimida. El viril latigazo las hacía libres.

Aquella sociedad apretujada por tradicional rigidez, desahogaba obsesiones a través del cine erótico. Se hicieron miles de películas que empujaron, centímetro a centímetro, los muros de la censura. Pero los límites eran sinuosas: se admitían celebraciones del sadismo, pero nunca ni un asomo de vello púbico. La mayoría expiraba con la amnesia de la retina, pero hubo un puñado que viajó a las respetadas vitrinas de festivales en Occidente. Eran méritos de jóvenes directores que aprovechaban las livianas condiciones del género para hacer sus experimentos. Obras que discretamente sobrepasaban el formato para dejar entrever los ligamentos de un submundo encaprichado por el placer.

Uno de aquellos era Yasuzo Masumura, un director que navegó a través de una filmografía inhóspita (más de 50 films) y cuyos triunfos arribaron muy tarde en el ojo occidental. Formado en Roma, con maestros como Fellini y Visconti, Masumura regresó a casa sin ganas de neorrealismo, pero dispuesto a romper con el mainstream japonés. Acusaba al cine tradicional de estar distante de la realidad, y al realismo de acorralar al sujeto entre la resignación y la opresión del “ser colectivo”. El objetivo de su cine era rebelarse contra la derrota de la individualidad, mediante la descripción exagerada de las pasiones humanas. En las películas de Masumura, aquellos personajes socialmente exitosos estaban perdidos moralmente, proclives al egoísmo y la crueldad, mientras que los protagonistas se estrellaban en su pasión por la libertad. Una de sus obras maestras, redescubierta décadas después en el Oeste, es “Blind Beast” (Bestia ciega o “Moju”, 1969), precursora de “El Imperio de los Sentidos”(1976), el pinku eiga más conocido en todo el mundo.

“Blind Beast” es un relato elegantemente desquiciado. En un museo, la modelo Aki encuentra a Michio, un ciego que acaricia salaz una escultura de su cuerpo. Un rato después, Aki se siente tensionada y solicita un masajista. Michio suplanta al masajista para entrar en su casa, tocarla por un buen rato y después secuestrarla. Despierta en su extraño taller, un gran salón de cuyas paredes brotan esculturas de bocas, ojos, narices, piernas y tetas. Michio es un escultor obsesionado con modelar el cuerpo de Aki. Ella se niega pero él logra convencerla prometiendo que la dejará libre cuando termine la obra. ¿Pero como puede esculpir un ciego a una modelo? Pues, tocándola detallada y repetidamente. Michio es un lujurioso del tacto para quien la expresión “mano larga” se queda corta. Durante las sesiones, el escultor irá sumergiendo a su modelo en un frenesí epidérmico que motivará los celos de la madre, encubridora de los delirios artísticos de su hijo. Intentando impedir que Aki sea ahorcada, Michio mata a su madre accidentalmente. Ahora a solas, y a pesar que la escultura ya fue terminada, Michio y Aki perderán la cabeza en la exploración de sensaciones de la piel cada vez más extremas.

Sin dejar de ser una película de género, “Blind Beast” se distingue por una propuesta visual minimalista pero de atmósfera exacerbada. La mayor parte de la acción transcurre en el gran “utero” que es el taller, un refugio casi en penumbras que es un santuario a las formas femeninas, como recreadas desde el punto de vista de un bebé. Sin embargo, la desnudez real en el film, aunque constante, es esquiva a exhibirse. La naturaleza perversa del relato es más una proyección psicológica que una agresión física. Las manos voraces del ciego traducen el cuerpo tenue de Aki en arte de formas voluptuosas.


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mayo 18, 2007

Añejos instrumentos de placer

Una de las primeras cosas en registrarse con aquel invento llamado cinematógrafo fue, sin duda, el apareamiento humano. Baratísimo en producción, infalible en rentabilidad, el porno es el llamado a ser el veterano de los géneros. Su invocación a lo más imperativo de lo humano le aseguró una prospera sobrevivencia contra incontables perseguidores. Al iniciarse los 70´s, década que los críticos pornófilos recordarían como la edad dorada, apareció el documental “History of the blue movie” (1970) repasando el género desde sus expresiones prehistóricas hasta aquel momento, cuando hacia discreto ingreso en la sociedad diurna. Todavía lejana estaba su cibernética apoteosis.

De cierto modo, “History of the blue movie” de Alex de Renzy es el recuento de la noción de lo prohibido en la mente del espectador. La cuota de morbo de la platea daba sentido al “blue movie”, por lo tanto es una historia de pudores y fetiches desde el lado masculino del mundo. “Blue”, en USA, es el color de los chistes subidos de tono (los que nosotros llamaríamos “colorados”) y es precisamente de ese repertorio de humor susurrado de donde las primeras producciones pornográficas toman su formato y argumentos. Un buen ejemplo sería “A Free Ride”(1915), el primer corto del documental y quizá el material pornografico más antiguo que se conserva, donde un caballero convence a dos muchachas a ir de paseo al campo en su auto último modelo (para la epoca). Ya imaginarán lo que sucede, lo curioso es que el desencadenante de la excitación femenina es ver al tipo orinar. La moraleja es: en los lugares sin testigos “men are men” y “girls are girls”.

Estos cortos de humor grueso y sexo explicito, conocidos también como “stag films”, eran artículos de lujo, accesibles solamente a burgueses hedonistas y dueños de burdeles. Eran de producción clandestina y anónima, no había actor que se atreviera a exhibir su nombre real y a veces ni siquiera su rostro. Las actrices enmascaradas eran cosa frecuente y los directores renunciaban a la gloria ocultándose en sus seudónimos. “A Free Ride” está realizada por un tal “Will B. Hard”, por ejemplo. La mayor parte de este porno arcaico se ha perdido, pero gracias a la colección fílmica del Dr. Kinsey, “History of the blue movie” obtuvo sus referentes más lejanos.

Una de las piezas más extraordinarias de esta recopilación es el primer cartoon porno “Buried Treasure” (Tesoro Enterrado, 1929) de excelente factura para su época. Se presume que es obra de un equipo de animadores, principalmente Walter Lantz, creador de “El pájaro loco”, como regalo de cumpleaños para Winstor McCay, uno de los pioneros de la animación en el mundo. Qué conmovedor regalo debió haber sido, pues el corto es una delicia. Un hombrecillo, con un enorme pene con vida propia, divisa a lo lejos una mujer masturbándose. Utilizando sus tres piernas corre hacia ella para enterrar su "tesoro", pero el pene huye despavorido atenazado por un cangrejo (¡de hábitat vaginal!). El hombre recupera su miembro, cual gato asustado, pero nuevamente se meterá en problemas llamémosle contranaturales.

En los cincuenta se popularizaron los cortos de strip tease, los “nudie films” y las máquinas tragamonedas que permitieron a tantos adolescentes la oportunidad de dar un vistazo fugaz a una mujer en ropa interior, o incluso desnuda si el vil metal se lo permitía. Que tortuosa frustración debía producir la aparición del cartel “insert one more coin” (inserta otra moneda) justo cuando por fin podía entreverse una teta o una nalga. Peor aún al descubrir que el fragmento siguiente sólo mostraba el rostro de la mujer haciendo muecas a la cámara.

Como documental, “History of the blue movie” puede ser acusada, con razón, de utilizar un formato mucho más exhibicionista que histórico, oportunismo que no era novedad a principios de los setenta. Por aquella época, algunas producciones pornográficas comenzaban a burlar la valla de la censura alegando su calidad de estudio científico, aunque con la virtud de producir erecciones. Alex de Renzy ya había debutado en el mundillo con otro documental excitatorio, “Pornography in Denmark” (1970), sobre los liberales daneses y su legalización pionera del porno. Su siguiente obra, “History of...”, tampoco ocultaba sus intenciones, aunque en este caso lo pintoresco de la mayor parte del material y los comentarios irónicos de un narrador dan al conjunto un sentido mucho más humorístico que excitante. Sin embargo, en tiempos remotos, el público los disfrutó con toda la picazón de lo prohibido, que daba más placer rascarse. Quizá por eso se respeta la extensión de las piezas recopiladas como invocando sus añejos poderes de placer.

“History of the blue movie” concluye el repaso con un corto del mismo Alex de Renzy para ilustrar el porno “actual”, inspirado en la liberación sexual y las atmósferas psicodélicas. Justo en ese momento se estaba iniciando el mejor periodo del género, los setenta traerían al porno sus primeros y único clásicos, como “Deep Throat” (1972), “Behind the green door” (1972), “The Devil in Miss Jones” (1973), “The Opening of Misty Beethoven” (1976) o “Pretty Peaches” (1978), esta última dirigida tambièn por Alex de Renzy. Pero décadas después la tecnología traería nuevos gustos y formatos. En la producción noventera de un anciano De Renzy, la palabra “anal” antecede casi todos los títulos.


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diciembre 07, 2006

El infierno son los otros

En un género, el porno, que hoy se desvanece en la abundancia y el consumismo, donde muchos circularon sin querer ser recordados, Gerard Damiano es uno de los pocos nombres que es imposible olvidar. Es responsable de films que dieron al género su partida de nacimiento en la sociedad diurna. Gracias a Damiano, por escasos años en Estados Unidos, ver una película pornográfica podía ser considerado de buen gusto. Los intelectuales podían comentarla sin desprestigio, los periodistas podían recomendarla sin escándalo. Con “Devil in Miss Jones” (El diablo en la señorita Jones, 1973), Damiano dio al porno su máxima manifestación. Entiéndase, en términos artísticos. Maximalismos más palpables no tardarían en llegar.

A causa del gran impacto que significó “Deep Throat" (Garganta Profunda, 1972), su debut, Gerard Damiano fue primero solicitado por la Justicia y después asaltado por la Mafia. Pero mientras los delincuentes tomaban el control de la rentable “Garganta”, su director se reponía espléndidamente en su siguiente película, “Devil in Miss Jones”. En ella, Damiano demostraba tener inusuales ambiciones de estilo sin que ello significara reducir la cuota de carne que el público esperaba encontrar. De hecho, hasta fue aumentada. Sin embargo, la “señorita Jones” no necesitaría del escándalo que gozó la juguetona “Garganta” para volverse un clásico. Sofisticada e inquietante, “Devil in Miss Jones” encandiló a los críticos con la promesa de una pornografía intelectual. “La señorita Jones”, el redentor de un género que nunca creyó en vírgenes.

La acción se inicia de la manera menos sexual imaginable, un duchazo de agua fría para la platea calenturienta. La madura Justine Jones (Georgina Spelvin) se corta las venas y muere desangrada en la bañera. A continuación, aparece en una sala donde un funcionario del más allá le informa de la complejidad de su caso para la burocracia celestial. En vista que Justine llevó una vida intachable, incluso murió siendo virgen, merecería naturalmente irse al Cielo. Sin embargo, el hecho de haber acabado sus días suicidándose la pone inevitablemente en lista de espera para el Infierno. Como este será finalmente su destino, en retribución le ofrecen la posibilidad de “ganarse” el Infierno, haciendo que el castigo valga la pena. Regresar a la Tierra y desempeñarse con pasión en un Pecado Capital. Para alegría de todos, Justine elige la lujuria, darse un atracón del placer que en vida no conoció.

Acto seguido Justine inicia su aprendizaje a manos de su “tutor” (Harry Reems) que como primera lección le introduce un dildo en el ano. A pesar del rudo bautizo, el interés de la señora Jones no hace más que crecer. Descubre maravillada las experiencias que ofrece el pene de su tutor. Lo manipula, hace preguntas, le rinde veneración inmediata. La felación es un descubrimiento inevitable, y Justine lo practica como si fuera su inventora en una escena que inclusive hoy es sorprendente. Con dolor y placer Justine pierde su antigua virginidad. En su nueva vida el disfrute carnal será lo único importante. A continuación vemos a la señora Jones pasar lista a las estaciones obligatorias del catálogo porno: un escarceo lésbico, masturbación con frutas, felación a dos bocas, penetración a dos penes y hasta jugueteos con una serpiente. Conmovedor el momento en que Justine se masturba en la bañera, donde antes se había suicidado. El acto, acompañado por una banda sonora épica, tomada de un western, nos muestra un apego desesperado por la vida.

Como estaba previsto, el tiempo de revancha se termina para Justine y su destino es el Infierno. El funcionario intenta aliviarla adelantándole que tal lugar no es como lo pintan. No hay fuego eterno o demonios hundiendo sus tridentes, por el contrario es un sitio tranquilo, donde las almas simplemente esperan. Advertencia: en las líneas siguientes contaré el final. Trasladada al Infierno, Justine aparece en una celda en compañía de un hombre, interpretado por el mismo Gerard Damiano, que vive obsesionado con el sonido de las moscas y en constante miedo. Para la ahora lasciva señora Jones, el infierno será pasar toda eternidad (que deben ser muchos años) con un sujeto absolutamente desinteresado por el sexo. “No puedo hacerlo por mí misma”, le grita desde la angustia y la excitación, luego de fracasar en seducirlo. Justine se masturba infructuosamente en pos de un orgasmo que nunca llegará.

A pesar de estar totalmente adscrita al porno y a su propósito de estimular, “Devil in Miss Jones” es una película de ruptura en el género. Para comenzar, abre con una chocante escena, el suicidio en la bañera, elemento totalmente atípico en un género tan complaciente y predecible. Apostando por hacer un film consistente y no utilizar un pretexto argumental para hilvanar números sexuales, Damiano se toma su tiempo tanto en la contemplación de la muerte como en las celebraciones del placer. El desenlace nos deja una reflexión irónica sobre lo vano que resulta tanto ser casto o lujurioso. Aunque parezca mentira, “Devil in Miss Jones” fue escrita bajo el influjo existencialista de Jean Paul Sartre, concretamente de la pieza teatral “A puerta cerrada” (1967). En esta obra, tres personajes condenados al Infierno descubren que su castigo será permanecer en la misma habitación, soportándose mutuamente por siempre. De aquí la famosa frase, “el infierno son los otros”, sus miradas y nuestra necesidad de aceptación.

Sin lugar a dudas “Devil in Miss Jones” no sería el clásico que es solamente por su buena historia, la otra gran razón es la maravillosa performance de su actriz protagonista, Georgina Spelvin, seudónimo que en el mundo del porno tuvo Michelle Graham. Su elección en el rol principal fue otro elemento de ruptura. Georgina tenía 36 años cuando interpretó a la señora Jones y su cuerpo hoy sólo encontraría vitrina en las producciones “amateur”. Es decir, de una normalidad que el canon pornográfico prefiere evitar. Tal vez por eso, Georgina originalmente fue contratada como cocinera. Con formación actoral, pero fracasada como actriz formal, Spelvin ya había debutado en producciones eróticas empujada por el desempleo. Pero en su paso por la naciente industria porno de los setenta, rápidamente dejó de hacer los almuerzos para convertirse en una de sus figuras más respetadas.

Simplemente, Georgina Spelvin puso su conocimiento actoral al servicio de las exigencias del género. Es justamente esta capacidad lo que hace “Devil in Miss Jones” una película tan potente. Georgina hace verosímil el cambio tan abrupto de virgen a ninfómana. En el trayecto, dejó para sus seguidoras el paradigma de la puta pornográfica: ciega adoración al falo y sus varoniles fluidos, predilección por el coito y magnífica actitud para intentar otras formas de penetración. Pero todo esto, que miles han repetido hasta el cansancio, tuvo en Spelvin la interpretación más convincente y apasionada. ¿Que mejor para excitar al público que hacerles creer que toda aquella voracidad sexual es sincera? Spelvin lo logró a puro pulso, mira tú.

Luego de deslumbrar a los gringos en “Devil in Miss Jones”, la falta de atributos anatómicos no fue obstáculo para que Georgina Spelvin participe en infinitad de producciones posteriores. Hizo apariciones discretas en el cine mainstream, como un guiño para la audiencia pornófila, pero casi siempre en el rol de prostituta, donde suelen encasillar a las actrices XXX cuando intentan cruzar la frontera. Spelvin hizo su última aparición, pero sin sexo, en el remake “The New Devil in Miss Jones” (2005), nueva revisión de este film ya antes manoseado hasta por cinco falsas secuelas, y se retiró a los 47 años, vaya descaro.



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No es difícil de entender.
Aunque veo que existe
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Aqui doy el enlace de la que vi.

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junio 02, 2006

Café Flesh: el porno pop

La Tercera Guerra Mundial culminó con el terrible "beso nuclear". Como consecuencia de la radiación, la mayoría de los sobrevivientes, los "negativos", es incapaz de sentir deseo sexual. Cada vez que lo intentan se lo impiden las náuseas. Lo único que añoran es recuperar ese placer. Un escaso 1% de la población está conformado por los codiciados "positivos", capaces de tener sexo como casi cualquier mortal de hoy. Por ley, están obligados a "actuar" frente a las masas de "negativos" con el fin de inspirarles el deseo perdido. Para verlos no hay mejor lugar que el Café Flesh.

"Cafe Flesh" (1982) es una de esas raras joyas del cine subterráneo, quizá el Blade Runner del porno. Con originalidad en su planteamiento y un argumento estimulante, esta película trasciende el género en el que está inscrita. Con los mismos recursos económicos de toda cinta porno de la época, el director Rinse Dream (seudónimo de Steve Sayadian) nos cuenta una cuento futurista que parece sacado de un oscuro cómic. Filmada en interiores, con actores anónimos y aparentemente no profesionales, pero con un cuidadoso trabajo de fotografía y un uso efectivo de la música, "Café Flesh" tiene el toque pop de los ochenta pero también su creciente nihilismo.

Entre los clientes más asiduos del Café Flesh están Lana y Nick, una pareja de "negativos", nostálgica de orgasmos. El frustrado Nick comienza a resignarse a su condición de "negativo", por el contario, su novia Lana, encantada con el espectáculo del Café Flesh, presiente que el placer carnal puede volver a su vida de un momento a otro. Una combinación marital en peligro, como podemos apreciar.

Los expectantes parroquianos consumen sus tragos, mientras Max, el bufonesco maestro de ceremonias, abre el espectáculo exhortando al publico. "Concéntrense, concéntrense", dice, "recuerden cómo se sentía". Los números del show son como versiones futuristas de los clichés del porno de hoy. Así tenemos a las clásicas escenas: ama de casa/visitante, profesor/alumna y jefe/secretaria, ejecutadas con coreografías en tono con el ritmo mecánico de música electrónica. En un mundo donde lo único posible es mirar, el espectáculo del sexo se ha estilizado hasta convertirse en un ritual, colorido pero frío. En uno de los espectáculos, un hombre con un gran lápiz como cabeza fornica con la estudiante, mientras una secretaria con grandes gafas y senos, repite frente a su máquina de escribir: "¿Quiere que le tipee un memo?"

Los actos van pasando y la pareja se retira. En casa, otro intento de tener sexo se frustra por las naúseas. Sólo les queda volver a Café Flesh la siguiente noche para presenciar el plato fuerte: la presentación de Jonnhy Ricco, el "positivo" más sexy de la ciudad, con todo lo necesario para alegrar la negativa vida de tantas chicas. El acto de Jonnhy tendrá consecuencias desconcertantes tanto para Lana como para Nick, y seguramente será la comidilla en Café Flesh por mucho tiempo.

No hay que ser muy observador para notar que "Cafe Flesh" se presta sutilmente a varias lecturas. Puede ser una metáfora sobre la impotencia sexual, deshumanizando a quienes la padecen. Al mismo tiempo es una reflexión sobre el voyerismo, el más rentable de los "ismos". Como los parroquianos en el Flesh, los espectadores de la película esperan captar estímulos en base a la observación del sexo ajeno. Entre número y número, los clientes comentan una y otra vez las experiencias sexuales de un mejor pasado. Después que el buen sexo se ha tenido, no haces más que añorarlo.

Considerando la intención adicional que tiene el cine porno (ya saben cúal, la única que le queda actualmente), excitar al público con sus imágenes, me parece justo señalar que los velludos años setenta y ochenta quedaron definitivamente atrás. Parece extraño que en ese tiempo el vello púbico fuera tan apreciado en las pantallas, por eso si tus patrones estéticos, espectador o espectadora, van más en boga con estos tiempos, lamento decirte que no encontrarás mucho de aquella carne rosada.

Pensando en las nuevas generaciones, quince años después, el director Antonio Pasolini (nada que ver con el otro Pasolini) realizó la secuela "Cafe Flesh 2" en 1997 y "Cafe Flesh 3" en 2003. Continua con los personajes y escenarios originales, aunque con giros más bizarros y menos filosofía. ¿Alguien dijo "película de culto" por ahí?


¿Cómo la conseguí?
"Café Flesh" es otro obsequio del fabuloso Emule.
Como nada es perfecto, sólo está disponible en versión
original en inglés sin subtítulos en español,
pero igual se deja apreciar muy bien.
Más de una razón justifican la descarga.

Para descargar: Aquí el enlace eD2k

¿Cómo funcionan? Consejos técnicos

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mayo 22, 2006

El patio trasero del cine

Antes de Internet, antes del video, cuando el porno era cosa de barrios rojos, cines lleno de humo de cigarrillos y prostitutas a la salida, se estrenó la película "Deep Throat" (1970) en Estados Unidos. "Garganta profunda" era una película barata y mal hecha pero todos supieron que era un diamante en bruto. Registraba un acto insólito para las pantallas: la felación absoluta, un pene totalmente capturado por la boca de una mujer. La "hazaña" estaba enmarcada en una historia tonta y graciosa, con un título pegajoso. Los gringos se alocaron, el porno pasó al frente: espectadores, periodistas, sacerdotes y jueces no hacían más que preguntarse: ¿Ya viste "Garganta profunda"?

La historia es larga. La película fue perseguida y aclamada por igual. Unos la utilizaron como evidencia de que era necesario recrudecer la censura. Otros entendieron que el porno podía llegar al gran público y ser muy rentable comercialmente. Mientras que su director, Gerard Damiano, soñaba en un cine porno con ambiciones artísticas, aceptado como parte de la cultura, y capaz de lograr buenas erecciones en la platea.

Los demás tuvieron razón y Damiano se equivocó por ambicioso. La industria pornográfica pronto descubrió "lo que le gusta a la gente" y se dejaron de huevadas. Cuando aparecieron las videocámaras, y luego Internet, era claro que para saciar necesidades voyeuristas no era indispensable una cosa llamada "guión". Sí, pués, todos nos ahorramos tiempo, pero se empobreció un género cinematográfico.

Pero lo que les he contado es el final de la historia. En los años que siguieron a "Garganta Profunda", Damiano realizó uno de sus mejores intentos de "porno culto", "Memories within Miss Aggie" (1974), que al menos devino en "porno de culto" para algunos.

"Memories within Miss Aggie" es como si Bergman y Hitchcock hubieran ido a tomarse unos tragos y ya borrachos decidieran hacer una porno juntos. Damiano utiliza con ingenio las angustias existenciales del sueco y el truco del dato oculto del inglés, y el resultado es notable para un género donde la exposición de apareamientos humanos es lo principal.

La cinta se inicia de una manera que los espectadores del cine Colmena no tolerarían sin pedir que les devuelvan la plata. La vieja Aggie, vestida de negro, atravieza una colina nevada. En su casa, antigua y oscura, su marido, sentado en un sillón, escucha sus nostálgicos lamentos. Ella recuerda la primera vez que conoció a un hombre en ese desolado lugar. Aggie ha vivido bajo la más dura represión sexual, su madre la mantenía lejos de toda interacción con los hombres, hasta que un día se cruzó con un buen ejemplar en el camino. La tímida adolescente sigue de largo pero el extraño la llama. Cuando ya han entrado en confianza, Aggie le manifiesta un deseo. Sin apresuramientos llegamos al primer momento caliente del metraje. Filmado con sutileza, pero sin prescindir de uno que otro close up, el acto busca transmitir su tranquila emoción al descubrir el sexo.

Pero, no, la realidad es otra. El hombre del sillón le recuerda a la señorita Aggie que eso nunca ocurrió, es una de sus fantasías frustadas. Consciente de ello, ahora sus evocaciones están motivadas por la angustia. Las escenas de sexo son los delirios de una mente reprimida. La masturbación, el sexo oral, anal, la fantasía de ser una prostituta, todo momento sexual de la película tiene una carga tenebrosa.

Nota: Aquí iba a explicar cúal fue la idea de
Hitchcock en aquella borrachera, pero para eso debo contar el
final. Por si tú estás interesado en verla (ya
veremos cómo) no lo haré aquí sino en el último párrafo. ¡No lo
leas! Ahora continuamos, como si nada.

Después de la cómica "Garganta Profunda", Damiano optó por hacer películas bastante dramáticas. Había hecho otra brillante cinta antes, "El Diablo en la Señora Jones" (1972), también sobre las represiones femeninas pero con un toque más surrealista. Antes de dedicarse al porno, Damiano fue peluquero y, según cuenta, descubrió que dentro de las cabezas de sus clientas existía una gran insatisfacción sexual. Y este fue un tema clave de inspiración a la hora de rodar películas, que al final luego eran vistas por hombres. Por esto, y siendo el mismo director un hombre, su enfoque del sexo es netamente masculino. Vigorosas felaciones y velludos coitos son secuencias obligatorias pero no abundantes. Y, desde luego, las mujeres deliran de entusiasmo. Mucho más que sus parejas, al fin y al cabo, estos sólo aportan un inexpresivo pene.

Definitivamente "Memories within Miss Aggie" no es una película que los grandes directores que la inspiraron estarían orgullosos de firmar, pero es una obra original e inteligente, salida del porno, el patio trasero del cine.

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El destino de Miss Aggie no podía ser más desdichado y perverso. Cuando al fin conoce a un hombre extraviado, a quién acepta alojar en su casa, Aggie cree que su soledad será aliviada. Pero él no tiene otro interés que un plato de comida y un lugar donde pasar la noche. En vano Aggie intenta convencerlo de que se quede. Él la rechaza y comienza a notar que está loca. Mientras duerme, Aggie decide hacer un homenaje a "El perro andaluz" de Buñuel y le clava un cuchillo en un ojo. En una clara alusión a la obra maestra de Hitchcock, "Psicosis", descubrimos que el cadaver momificado de este hombre es el misterioso interlocutor de la protagonista.

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