La metamorfosis
Da la casualidad que mientras escribo en los cines se proyecta un blockbuster llamado “Iron Man”. Quizá sea superflua la coincidencia, la película hallada también alude en el título la naturaleza metálica de su protagonista. ¿Qué se puede esperar de “hombres de hierro”? Tengo entendido, según el tráiler, que en “Iron Man” (2008), ser “de hierro” es estar en la última moda en armamento, controlar el poder que otorga una superarmadura. Ejemplos mucho menos literales se encontrarán si fundimos el hierro con virtudes como la valentía y la firmeza, pero tampoco es este el caso. En ambas figuras, hierro es símbolo de poder. En la japonesa “Tetsuo, the Iron Man” (1989), el metal es metafórico y al mismo tiempo dolorosamente literal. Es la conversión sufriente de un hombre en una mounstrocidad metalúrgica. Los tempranos futuristas nunca imaginaron que su optimista canto al progreso y la máquina podía derivar, con los años, en una exaltación tan insana como esta. Desechos de revoluciones industriales atacando organismos humanos como un cáncer, transformando hombres en chatarra.A “Tetsuo, the Iron Man”, una vez vista en Occidente, se le atribuyó un fascinante parentesco con el cine de Lynch y Cronenberg. Por un lado está aquella dramatización de la pesadilla que nos recuerda a “Eraserhead” de Lynch, y la fusión orgásmica y mortal entre lo orgánico y lo tecnológico, frecuente en Cronenberg. Pero a pesar de estas posibles referencias, el director Shinya Tsukamoto optó por su propio camino, de alta velocidad. “Tetsuo, the Iron Man” es un viaje vertiginoso y angustiante, donde sólo después de sus 67 minutos hay tiempo para retomar aliento. Tsukamoto tiene más de artista plástico que de narrador. Casi no escribe diálogos pero tampoco los necesita, “Tetsuo, the Iron Man” se expresa mediante la metamorfosis de su protagonista, ilustrada con técnicas de animación artesanales, escultura y maquillaje. Todo bajo el influjo del manga y las kaijū eiga, el cine japonés de monstruos.

¿Quién más próximo en convertirse en una máquina que un salaryman japonés? Un hombrecillo de traje y maletín que atropella casualmente al “fetichista del metal” (personaje interpretado por Tsukamoto), que antes hemos visto abrirse una herida en la pierna para insertarse una vara metálica. Al encontrar su herida invadida por gusanos (otra película incompatible con comestibles), corre en pánico hasta que es arrollado. La mañana siguiente, el empleado, después de afeitarse, encuentra una pequeña punta de metal saliendo de su mejilla. En la estación del subterráneo, una mujer poseída por un bicho robótico, controlado por el “fetichista del metal”, lo persigue con una garra de puas y cables. Más tarde (aunque en esta pesadilla el tiempo no parece poder medirse), mientras cena con su mujer, del cuerpo del empleado brotan violentamente ramificaciones metálicas. Con gran dolor, le sale un pene gigantesco en forma de taladro que destruye la mesa (de esas que son bajitas, es un cena japonesa). Las convulsiones continúan atormentándolo y su cuerpo se va cubriendo más de una gruesa costra de chatarra. Los hechos siguientes son insólitos, comienza una lucha violentísima entre la pareja donde la potencia del pene-taladro se pone en funcionamiento. Luego, cada vez más una informe masa de fierros, inhumano, salvo por un resquicio donde se asoma un retazo de su rostro, el salaryman se topa con el “fetichista del metal”. Luchan, se persiguen por los barrios de Tokio a toda velocidad, el otro comienza su metamorfosis y ambos terminan fusionados. Una montaña de residuos metálicos que decide propagar su mal por todas partes.
Además de su atmósfera insana y un ritmo que abofetea a los espectadores, “Tetsuo” tiene una fijación con la idea del dolor. El padecimiento del cuerpo, desgarrado por el metal que brota de su interior, es una constante plasmada en convulsiones, erupciones y gemidos agónicos. Tsukamoto, que suele deleitarse poniendo a sus personajes ante dolores extremos, explica que su interés es denunciar el distanciamiento entre el cuerpo y la mente en las sociedades tecnológicas. “El cuerpo ya no sirve para nada. Es como estar atrapado en un sueño. Y en un sueño, no sientes dolor real. Te olvidas que estás vivo. Así que, para poder darte cuenta que sigues vivo y no estás en un sueño, el dolor ayuda mucho”.
Como su protagonista, “Tetsuo” también es un conglomerado de “residuos culturales”. Reúne la desobediencia del “video arte”, la narración anfetamínica del manga, la monstrocidad plástica de las películas de Godzilla y la disonancia de la música electrónica. “Tetsuo” acude a estos refugios adolescentes para crear la peor pesadilla de la vida adulta.

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¿Qué otra película puede ser tan buena en abrirte el apetito? A pesar que en su compañía se han ingerido toneladas de pop corn, el cine no quiere tener mucho que ver con el hambre. Tal vez con el hambre del que se muere de hambre, para ver cómo muere, pero el apetito de a pie es antidramático. ¿Cuantas veces hemos salido de un cine conmocionados por agudos bosquejos de la condición humana? Pero cuándo con las ganas de agacharnos frente a un plato de sopa, y comerla con palitos, si es posible. Sólo con la japonesa “Tampopo” (1984), la búsqueda dramática de la sopa perfecta, se salía del cine conmovido por las pasiones que salen de entre el corazón y el ombligo.
Si existió el “spaguetti western”, sin que haya tenido que ver en realidad con los spaguettis, el director Juzo Itami, más preciso, calificó su comedia como “noodle western” porque además de inspirarse en aquel género, “Tampopo” es en efecto una película sobre fideos. El camionero Goro y su ayudante acuden casualmente a un modesto restaurante donde sirven la tradicional sopa de fideos. En el local los visitantes perciben cierta hostilidad de los parroquianos, pero el imperturbable Goro no piensa dejarse molestar por ningún lío hasta que haya terminado su sopa. No en vano parece ser el único japonés que usa un sombrero de vaquero a todo momento, hasta en la bañera, como comprobaremos después. La dueña del local, la joven viuda Tampopo, impresionada por el aplomo de Goro a la hora de comer, le pide su opinión sincera sobre la sopa que sirve. Goro la califica de mediocre y le corrige un par de errores de cortesía. Tampopo le suplica, agarrada a la puerta de su camión que está por partir, que sea su maestro en los rigores del arte de la sopa de fideos. No sin dudarlo, Goro acepta y entrena a Tampopo en los detalles de la correcta preparación y hasta en la actitud ante el cliente. El cocinero no debe perder de vista la reacción de sus comensales: no hay peor ofrenta que un plato a medio acabar. Tener categoría era lograr que el cliente incline la sopera en total verticalidad. Reverencia que sólo gozan las mejores sopas de Tokio.
Las escenas que van sucediendo paralelas a la trama principal redondean estupendamente la sazón de esta película. Son pasajes que van del costumbrismo al erotismo. La sociedad japonesa retratada desde sus refinamientos en el comer. Tenemos así un ceremonial almuerzo de negocios, que termina en estafa; la solemnidad de quienes ordenan en un restaurante de lujo; una absurda clase de etiqueta donde señoritas niponas aprenden a comer spaguettis con occidentales tenedores; incluso una mujer que muere inmediatamente después de servir la cena familiar. El marido aflijido ordena a sus hijos: “Sigan comiendo. ¡Es la última comida que hizo mamá!. Coman mientras esté caliente”.










“Nada diferencia los recuerdos de los momentos habituales. Sólo más tarde se dan a conocer cuando muestran sus cicatrices.” En una mañana cualquiera, en un aeropuerto de París, un niño observa el rostro de una mujer. De repente, un hombre que corre hacia ella es derribado de un disparo. Pocos años después estalla la III Guerra Mundial y París es destruida. Aquel niño, ahora uno de los sobrevivientes, se aferra al recuerdo de esa mujer como protección ante una memoria desoladora. “La Jetée” (1962) era un corto que hacía de “telonera” a “Alphaville” (1965) de Jean-Luc Godard, el film de Ciencia Ficción de la Nueva Ola francesa, por excelencia. El aperitivo era quizá mejor que el plato fuerte. Una historia de viajes en el Tiempo contaba con la intrepidez formal de quienes querían romper con el pasado.
Tremenda antesala para “Alphaville”. Por sí misma, “La Jetée” gozó desde el principio de gran reconocimiento de parte de los críticos quienes, en ese tiempo propulsores de un cine de ruptura, la encontraron sumamente motivadora. Ha inspirado variedad de interrogantes. Su propia adhesión al género de Ciencia Ficción ha sido puesto en duda, con el argumento de que los giros fantasiosos de su trama en realidad apuntan a sugerirnos otras cosas, más cotidianas pero profundas. Algo que tampoco es inusual en las películas cuya naturaleza de Ciencia Ficción nunca ha sido discutida. Un
Chris Marker es un director de documentales, “La Jetée” es su único y exitoso ejercicio en la ficción. En los cincuenta, su producción primera estuvo concentrada, como otros hacían en su generación, en criticar el colonialismo y aplaudir la Revolución Cubana, por ejemplo. Posteriormente hizo “ensayos fílmicos” sobre Kurosawa y Tarkovsky. Sus obras siempre han estado en la búsqueda de un lenguaje filmico propio, experimentando con la voz en off, las contradicciones en el montaje y el discurso político. Así como sus películas, su imagen pública tiene de hermetismo. Casi no da entrevistas y cuando alguien le pide una fotografía suya para un reportaje, envía la foto de un gato.









Iakov Protazanov fue uno de los artistas que abandonó Rusia con la caída de los zares. Su pertenencia a la burguesía y a sus modos de hacer cine, no eran las mejores recomendaciones para prosperar en la nueva nación roja. Sin embargo, Protazanov regresó. En Europa hubiera podido cosechar las frutas del reconocimiento personal, pero eligió ser otro cineasta discreto bajo la hoz soviética, lista para segar la mala hierba ideológica. Pero como con los artistas la desconfianza nunca es suficiente, de alguna manera, Protazanov se salió con la suya. En los primeros años del triunfo de la Revolución, Protazanov filmó la primera película sobre un viaje al planeta rojo. “Aelita” (1924) no hubiera podido nacer simplemente como una pionera representación de una civilización marciana. Los soviéticos no habrían financiado escapismo semejante. Protazanov urde en esta cinta silente un engañoso tejido de metáforas. Las interpretaciones ahora discrepan, pero en su momento “Aelita” fue vista como una crítica al intelectual soñador y, de paso, la exaltación del Comunismo a niveles interplanetarios.
Un extraño mensaje de radio venido del espacio es transmitido a la Tierra, el ingeniero Los es quien lo capta en Moscú. A medida que la obseción de Los por descifrar el mensaje va en aumento, su matrimonio con Natasha, una abnegada enfermera del Soviet, se va desmoronando. Erlich, un aristócrata oportunista, está cortejando a Natasha con éxito inminente. Mientras tanto, en Marte, tenemos a Aelita, la reina de una sociedad totalitaria cuyo proletariado es guardado en refrigeradores cuando ya no es necesario. Tuskub, padre de Aelita, es el tirano que realmente gobierno. Eludiendo prohibiciones, Aelita observa a través de un telescopio marciano la vida humana en la Tierra. Se impresiona de la costumbre de besar y luego fija su atención en el ingeniero Los, que al mismo tiempo ha comenzado a fantasiar con una reina de Marte que lo observa enamorada.
En la interpretación “oficial” de “Aelita” prevaleció la crítica al intelectual de educación burguesa, que en lugar de comprometerse con el rumbo materialista de su pueblo, pierde el tiempo, por ejemplo, soñando con viajar al espacio. El aislamiento y egoismo de Los contrasta con el paisaje general de la película: obreros partiéndose el lomo en levantar construcciones, enfermeras infatigables y masas marchando en conmemoraciones. Mientras tanto el impulsivo Los sólo quiere irse al planeta rojo.
Al mismo tiempo, “Aelita” contiene un ingrediente personal que parece favorecer las interpretaciones menos propagandísticas. Tanto como Protazanov, como Alexei Tolstoi, pariente del famoso León Tolstoi, autor de la novela en la que se basa libremente la película, son hombres que luego de una larga estadía en Occidente optaron por retornar a su patria bajo el nuevo régimen. Ambos, como el ingeniero Los, fueron artistas atrapados entre el Pasado, el individualismo permitido para el intelectural en el tiempo de los zares, y el Presente, donde todo exceso de fantasía era un vicio a erradicar.








Cuando el cine descubrió cómo emitir su propio sonido, tenía que irse al lado opuesto de sus silentes antepasados. Prescindir de los carteles en el diálogo no era la única ventaja, ni la mejor. La revolución estaba en la música popular convertida en la nueva gran atracción del cine. Los padres mudos se convirtieron en abuelos de un momento a otro. Sin embargo, hacer cantar al cine no era una hazaña económica. Muchas cinematografías nacionales que habían brotado lejos del primer mundo, estaban lejos de tener el capital para saltar al sonoro. Nuevos mercados quedaban despejados para los grandes estudios norteamericanos. En cada puerto se reclutó a quienes, con el poder de su voz, serían los más capaces en llenar salas en cada vermouth.
Además del plato fuerte, la presencia de Gardel, que sin embargo no era el protagonista absoluto, este espectáculo “dedicado” al público rioplatense se completó con gruesas pinceladas de color local y melodrama: gauchos impulsivos, danzas folkloricas, números de varieté, una dama camino a la degradación, fiestas libertinas, bares de aguardiente, congojas entonadas y comicidad ligera. Todo en un relato básico que se inspira en la clásica contradicción entre la gran ciudad y el “interior”. Aunque pintoresco y feudal, el campo siempre vencerá en moral y dignidad a la ciudad, a donde van a perderse los amores y las mujeres virtuosas.







Maneras de complicarse la vida como cineasta. Por ejemplo, nacer en un país comunista donde la censura pellizcaba todo furúnculo que afeara el rostro terso de las artes oficiales. Hacerse apóstol de un "científico loco" y divulgar su evangelio en celuloide de dudosa santidad. Mostrar a Stalin dando un discurso y, acto seguido, la escultura de un pene erecto. El serbio Dusan Makavejev portaba estas y otras credenciales como pasajero de los caminos no asfaltados del cine. Como director nunca obtuvo el aplauso unánime, ni siquiera con "WR: Mysteries of the Organism" (WR: Misterios del organismo, 1971), posiblemente su obra más reconocida, obtuvo de la crítica algo más que un desconfiado levante de cejas. El pensamiento de Wilhelm Reich, aplicado discípulo de Freud (después caído en desgracia por presunta locura), junto con el irresistible afán de Makavejev de fastidiar, inspiró el mensaje de "WR: Misterios del Organismo". Un comunismo, más utópico si cabe, donde el "amor libre" sería la piedra angular. "Todo totalitarismo se basa en la represión sexual y esta genera neurosis en el individuo". Acto seguido, Makavejev prepara el equipaje del exilio.
Wilhelm Reich fue uno de los discípulos engreídos de Freud que pronto se descarriló hacia sus propias teorías. En su última etapa, acusado de demencia por sus detractores, fue perseguido, toneladas de sus libros incineradas y murió en una prisión norteamericana. Sostenía que las enfermedades mentales tenían raíces en el desarrollo sexual de la persona. La cotidiana represión sexual sembrada sobre los niños cosechaba después sociedades de adultos neuróticos. En esto coincidía con los freudianos pero Reich dio un peligroso paso hacia el desprestigio. Vinculado también al Partido Comunista, Reich señaló que la causa de aquella represión sexual era la moral burguesa y la estructura económica que la sostenía. Por lo tanto, mientras persistiera el control de la burguesía no sería posible una verdadera liberación del hombre. De otra manera, la culpa impuesta seguiría contaminando la vida sexual de los individuos y enajenando su salud mental. Tales afirmaciones no gustaron ni a Freud, que más bien era apolítico y burgués, ni a los comunistas, que lo expulsaron tachándolo de idealista. Mientras tanto las investigaciones de Reich iban por su propio camino. Sostenía que mientras más capaz es una persona de tener orgasmos mejor andaba de la cabeza. Acuñó el terminó "orgón" para definir un tipo de energía vital liberada por el cuerpo durante el orgasmo. La neurosis era consecuencia de cuerpos involuntariamente bloqueados al fluir libre de esa energía. A diferencia de los psicoanalistas, que como tratamiento preferían el diálogo prolongado, Reich optaba por una terapia centrada en la respiración, en estiramientos y masajes, para desatorar el paso de la "energía orgónica". Tales métodos serían de gran aceptación hoy en nuestras sociedades ahora neuróticamente obsesionadas con la salud sexual. Reich tendría un séquito de orientalistas y sexólogos new age, best sellers lo aclamarían, pero en los años cincuenta conceptos tales ruborizaban los cachetes de occidente. Wilhelm Reich, luego de huir de Alemania, terminó en Estados Unidos donde le fue peor. Además de su pasado comunista estaba la progresiva radicalización de sus ideas. Una corte decretó que sus libros fueran condenados a la hoguera, cual inquisición, y fue justo por aquel entonces cuando el joven Dusan Makavejev se interesaba por conseguir un ejemplar.
Makavejev es el alumno más díscolo de Eisenstein. Según él, su uso del “montaje diléctico” era la interpretación más cercana al ideal del maestro ruso, gracias al sentido del humor que aquel no podía permitirse. En “Misterios del Organismo”, la contradicción es el adhesivo que une a los pedazos yuxtapuestos. En el collage se encuentran sentidos que van de lo estúpido a lo inquietante. El efecto acumulativo es la sensación de una sociedad ofuscada por una contradicción clásica: la política estatal y su afán de arbitrar el deseo sexual. Pero incluso el caos es solo una parte, Makavejev no se anda con rodeos en expresar su máximo disgusto con el sistema stalinista. La historia de Milena, la activista, está fabricada con simbolos y líneas de díalogo más que transparentes en su crítica, aunque también con mucho de retóricas. Milena seduce a un “artista del pueblo”, un bailarín ruso, tocayo de Lenin, llamado Vladimir Ilich. Pero su acercamiento es más bien un diálogo platónico entre Lenin/Stalin y Wilhelm Reich, aliviado por la presencia de la roommate de Milena que va desnuda por la vida, una chica nada verborreica y bastante prácticante del amor libre. Haciendo explotar la simbología, la atracción entre Vladimir Ilich y Milena se consuma en la decapitación de la mujer con el patín stalinista de su amante. En la sala de autopsias, la cabeza después hablará para gritar “fascista rojo”. Material de este calibre político, además sazonado con imágenes sexuales más gráficas de lo habitual, no podía más que causar perplejidad a ambos lados de la Cortina de Hierro. Para unos, fue una insolencia mayor: el director tuvo que partir al exilio y su película esperó siete años para ser vista en Yugoslavia. Para la otra orilla, era una extravagancia venida del mundo comunista, poco conocido por los filtros de la desinformación. Hoy, tal vez avejentado para nuestros ojos, pero valiosa reliquia de un tiempo en los que incluso el sexo podía ser un asunto político.









Muchas excentricidades suelen ocurrir cuando la Censura se relaja. Por ejemplo, en Francia, a mediados de los 70´s, propiciada por un clima de distensión, floreció ante la luz pública, la pornografía. El género, todavía lejos del carácter funcional de nuestros días, emulaba aplicadamente las formas del largometraje. Un argumento, con meseta y resolución, debía dar fluidez a tanta excitación. Pero a veces la imaginación porno elegía caminos disparatados, sin embargo, los críticos sonreían ante su desfachatez que les parecía refrescante. Si Estados Unidos comenzó el “porno chic” con “Garganta Profunda” (1970), entusiasmando a las masas con una boca con propiedades vaginales, los franceses hicieron lo propio con “Le Sexe Qui Parle” (El sexo que habla, 1975) sobre una vagina con virtudes bucales, es decir, con un irritante don de la palabra (y, presumiblemente, con una profunda dentadura). Ya que tiene labios que hable, pero que no pronuncie discursos. La vagina parlante es insultante, impositiva, egoísta y le importa un pito el refinamiento. El porno, un acto de malcriadez.
Como pueden apreciar y como suele ocurrir en las ficciones pornográficas, estamos es un mundo absolutamente irreal. Luego de la faena, la psicoanalista da una conferencia de prensa donde revela la existencia de aquel aparato genital parlanchín. Presumiblemente se trata de una extraña enfermedad moderna. Los medios entran en frenesí. Un periodista saldrá dispuesto a todo para conseguir una entrevista exclusiva con la Vagina. Eric y Joelle no tendrán mas escapatoria que huir de la ciudad, pero a todo momento el sexo de Joelle no dejará de desproticar contra el pobre Eric y darse satisfacción forzando a Joelle a tener experiencias furtivas en un cine porno, para variar. Una noche, mientras Joelle duerme, Eric y la Vagina conversan en un intento de entendimiento. Ella le cuenta el pasado sexual de su esposa. Tras ser acosada sexualmente por su padrastro, en la pubertad, en lugar de un trauma desarrolla un interés audaz por el sexo. Primero desvirgada por la nariz de un muñeco de Pinocho (bajo el gemido de “Miénteme”), continuará su aprendizaje con un maestro de escuela y hasta con un cura confesor. “La pasábamos tan bien antes. Todo cambió cuando te conocimos, cabrón”, dice la Vagina con amargura. Siendo imposible la concilación, Eric intenta estrangular a la Vagina introduciendo su propio pene. Nunca en el cine tuvo la “batalla de los sexos” un sentido tan literal. No revelaré el final pero adelanto que es curioso por su ambiguedad. Tal vez la Vagina fue vencida o tal vez recurrió a ocultos dientes para expulsar al miembro no bienvenido.
“El Sexo que habla” fue escrita y dirigida por Claude Mulot, bajo el seudónimo de Frédéric Lansac, un director no muy recordado hoy pero que dio a Francia varios films pornográficos. Además de tener un guión con diálogos y fantasías ingeniosas, esta película también destaca por tener un trabajo visual ciudado. Recordemos que en aquel tiempo incluso el porno debía rodarse en 35 mm, lo que ya de por sí exigía cierta atención. Sumado a esto tenemos la recreación eficiente de antros libidinosos, alcobas a media luz y sueños masturbatorios. Pero lo mejor de todo es el encantador “punto de vista vaginal”. El mundo visto a través del “ojo” vertical de una vulva. ¿Qué más se puede pedir?









Sobre las grandes pantallas ya se escurrían los primeros salpicones de sangre. Barato celuloide americano desembarcaba en Europa y traía consigo el miedo y la violencia gráfica como las nuevas (pero prohibidas) emociones del cine. Los franceses, delicados artesanos del cinema, no podían quedarse atrás e ingresaron en lo horrendo como correspondía a su fama. “Les yeux sans visage” (“Ojos sin rostro”, 1959) es la película de horror más elegante jamás filmada. Pero lo cortés no quita lo valiente. Los críticos quedaron traumatizados. Esta película agredía sus refinados conceptos del cine francés, pero al mismo tiempo los fascinaba con su narrativa maestra. Lo intolerable era que su virtud estaba al servicio de sórdidas audacias. Mientras la vecina Alemania era aún muy sensible a cualquier referencia a la crueldad de sus científicos nazis, Francia mostraba al vecindario esta cinta sobre un doctor demente que extirpa el rostro de bellas jóvenes por amor a su hija.
Varias razones hacen del Dr. Génessier un villano de lo más intolerable. Su crueldad resulta tan verosímil como el retorcido amor paternal que lo motiva. La culpa desencadena su monstruosidad. La obsesión por reparar el daño que causó a su hija se pone por encima de cualquier moralidad. Mientras tanto, Christiane vive la terrible ambigüedad de alentar las atrocidades, al estar naturalmente expectante de una salvación, pero conservando la noción de lo moralmente correcto, algo que su padre quizá nunca tuvo. Puesto así, la película puede verse como una oscura sátira de la obsesión de curar, y una vez más, de la Ciencia en su afán racionalista de superar a la Naturaleza. Y este es otro aspecto que hace de Génessier un malvado tan perturbador: su extrema frialdad parece tan natural a su condición de médico, casi un comprensible gaje del oficio. Precisamente esta es una de las claves que sostienen la atmósfera tan siniestra de “Ojos sin rostro”. En el desarrollo del film se asoma constantemente el tono documental; a través de la jerga médica, las sesiones de cirugía y su afilado instrumental. Por ejemplo, cuando se muestra la decadencia del “nuevo” rostro de Christiane mediante una secuencia de fotografías, cual archivo médico, que son descritas por Génessier con frases como “pequeños nódulos subcutaneos”, “ulceración” o “necrosis”. No hay horror peor que aquel que se maquilla de cotidianidad.







Esta vez, la acción se centra en un individuo que simboliza una colectividad originaria, pero clandestina para el Sistema. El tema es el desarraigo de Sebastián, nacido en una comunidad aymara pero entregado desde la infancia a los patrones de la ciudad. Inevitablemente, crecer alejado de su comunidad y siendo blanco de racismo, hacen de Sebastián un renegado de sus orígenes. En La Paz, decide cambiar su apellido Mamani por Maisman, con caché extranjero. Todo esto es evocando en una escena, la primera de la película, en la cual los familiares lamentan el menosprecio de Sebastián, pero reconocen ser ellos los primeros culpables.
“La nación clandestina”, una producción de bajo presupuesto, de actores no profesionales y con más de la mitad de los diálogos hablados en aymara, fue todo un éxito de crítica y público. Al otro lado del charco, el jurado del Festival de San Sebastián que le otorgó la Concha de Oro, y mientras tanto al interior de Bolivia, el propio Sanjines la proyectaba en escuelas y plazas.









