diciembre 03, 2009

Juguemos en el bosque

Y yo que comenzaba a sentirme insensible ante el shock cinematográficamente provocado. Un día me encuentro, un segundo después de los títulos en francés, con dos caballos fornicando. Desconcertante hardcore equino: la vulva palpitante de la yegua y un falo del tamaño que no te imaginas, mostrados con la cercanía de quien se complace con la cópula humana. Después de esta poderosa escena de amor bestial, no queda duda que “La bête” (La bestia, 1975) invoca, de entre más oscuros tabúes, a la zoofilia. Pero no se trata del vicio de tu vecina por el cunnilingus incansable de su perro, sino del asalto carnal que habría cometido King Kong contra la frágil Fay Wray, de haber tenido varios metros menos.

Venerado primero y maldecido después, el polaco Walerian Borowczyk era un artista de intensa imaginación. Comenzó como uno de los diseñadores más aplicados del otro lado de la cortina de hierro. Como en su país el cine venido de Occidente no tenía la obligación de ser comercial, Borowczyk y otros artistas produjeron para las marquesinas polacas los afiches de cine más vanguardistas de los que se tiene noticia. Su primera vocación dentro del cine fue en el campo de la animación. Entre Polonia y Francia, en solitario o asociado con otros artistas, construidos con técnicas como stop motion, el collage o la cámara en reverso, sus cortometrajes estaban imbuidos de surrealismo, psicología y fascinación por los objetos antiguos: las ensoñaciones de una mujer aburrida en su casa (Dom, 1958), la reconstrucción de objetos destruidos por una bomba (Renaissance, 1963) o un campo de exterminio dirigido por ángeles (Jeux des Anges, 1965). Con trabajos como aquellos, Borowczyk se ganó todos los laureles hasta que decidió incursionar en el cine de acción real. A partir de entonces recibiría la mirada despectiva de parte de la crítica y el público francés comenzaría a llamarlo “Boro” en tono pícaro.

Convencido de que allí donde la moral y la religión asfixian a la sociedad, el sexo es mucho más rico; el cine de Boro, el erotómano, mostraba predilección por los corsés, los consoladores decimonónicos, las monjas reprimidas, las abultadas prendas íntimas medievales, el Marqués de Sade, los cinturones de castidad, los aristócratas decadentes, el incesto, la necrofilia, las sábanas bordadas, los espejos con marcos tallados, las cajitas de música, los castillos, los confesionarios, en fin todo lo relacionado a un tiempo en que sexualidad, culpa y reprimenda eran la misma cosa. Si primero Borowczyk había dado vida a objetos inanimados, ahora Boro los hacía transpirar de pasión sexual. En sus películas la puesta en escena está erotizada al detalle. Los cuerpos y las cosas participan de ritos que divagan entre sagrado y lo profano, donde lo sexual triunfa como una fuerza primaria y transgresora que genera conductas turbulentas y amenaza la estabilidad hipócrita.

“La bestia” es para muchos la mejor película de Boro. Es lo que imaginabas pasó entre líneas en el cuento de Caperucita y el Lobo pero que tu mamá resumía diciéndote simplemente “se la comió”. El cuento de Boro, que bebía de fuentes literarias, te aclara que allí donde una bestia posea a una bella correrán ríos de semen. En una rancia familia aristocrática venida a menos, el Marqués de la Esperanza pacta el matrimonio de su hijo Maturín con una joven y hermosa heredera inglesa. Aunque Maturín es un hombre apocado de quien se presume alguna tara física y que se complace de observar a sus caballos copular, Lucy Broadhurst y su familia han aceptado consumar la boda. Entonces Lucy y su tía visitan la mansión, rodeada de un frondoso bosque, para pasar unos días allí mientras los papeleos religiosos se resuelven. Pero como el cardenal no tiene apuro en llegar y dar su bendición a la pareja, Lucy se la pasa en una habitación tomando siestas y sintiéndose excitada por las fotografías de acoplamiento equino que Maturín dejó por ahí y en especial por el relato del Duque de Balo, un pariente descontento con el matrimonio acordado, acerca de una bella antepasada que dos siglos atrás había sido atacada por una bestia en el bosque. Lucy, con un encantador tul transparente, revolotea en la cama y fantasea con Romilda de la Esperanza y su velludo amante del siglo XVIII.

Boro detestaba que el cine de horror castigara la sexualidad presentándola como el preludio de la violencia y la muerte. En respuesta a criaturas de la laguna, hombres lobo y zombies, Boro creó para “La bestia” al menos atemorizante y más sexual de los monstruos. Una fiera completamente cubierta de pelo oscuro, con cabeza de lobo, que se moviliza más o menos erguido y porta un grotesco pene en perpetua erección. Romilda es sorprendida en medio del bosque por la bestia con toda intención de violarla. Como el camino es sinuoso, la desesperación apremiante y los vestidos abundantes e imprácticos para la huída, Romilda va perdiendo prendas algunas atascadas entre las ramas, otras arrebatas por la bestia. Si otros monstruos bañan en sangre a sus víctimas, este en cambio es un eyaculador incansable. Su excitación no encuentra reposo a pesar de venirse varias veces durante la persecución ya sea frotándose con un corteza, con la peluca de la doncella o mediante un involuntario footjob de Romilda, colgada del árbol que intentó trepar.

No es sorprendente que “La bestia” haya causado tremendo impacto en el público y, naturalmente, en los censores que inmediatamente afilaron sus tijeras. Un crítico la calificó de ser una mezcla de cuento de hadas, divagación freudiana y show voyerista. Y así muchos quedaron sin saber cómo reaccionar ante un film tan desafiante que graficaba de manera tan peculiar el contraste entre la ensoñación erótica y las convenciones sociales, que aludía al matrimonio convenido con una metáfora tan chocante como la fornicación de los caballos y que mezclaba el sexo y la violencia de una manera que nada tenía que ver con la reprimenda sino con la libertad de la fantasía, todo esto en un tiempo en que la violencia en el cine alcanzaba niveles nunca vistos antes.

A pesar del terrible recibimiento de “La bestia”, Boro ya era un director amado por los erotómanos franceses. Tenía varias películas de habían sido éxitos rotundos entre el público intelectualmente calenturiento: “Goto, l’île d’amour” (1968), “Blanche” (1972) y especialmente, “Contes immoraux” (1974). Después de “La bestia”, Boro continuó con otra película muy iconoclasta “Interior de un convento” (1978) que como imaginarán, se deleita mostrando a monjas lidiando entre la culpa y las ganas de matarse a pajas. Sin embargo, su cine posterior parecía caer cómodamente dentro de los estándares del soft-core, incluso llegó a dirigir “Emmanuelle V” (1987).

En lo personal debo a Walerian Borowczyk o Boro haberme acercado a la más fina sensualidad visual desde tierna edad mediante aquel programa de TV, fundamental en la educación erótica de mi generación, la Serie Rosa. Programa donde la carne expuesta era poca aunque los prolegómenos eran lo suficientemente estimulantes como para que valiera la pena esperar despierto a que termine el programa deportivo que ponían antes. Boro dirigió 4 episodios de la serie entre 1986 y 1991 (“Almanaque de las direcciones de las señoritas de París”, “Experte Halima”, “El Loto de oro” y “Un tratamiento justificado”). Recuerdo que eAlmanaque” me impresionó mucho más que cualquier otro episodio de la serie. Oh, tiempos de sutileza que no volverán.


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octubre 27, 2009

Los asesinos de la luna de miel

Mientras los códigos de censura decaían y los antihéroes reclamaban roles protagónicos, Bonnie y Clyde al fin perecían bajo un concierto de balas. Estados Unidos se volvió a enamorar de esta pareja de asaltantes bancarios, esta vez resucitados con la apostura de Warren Beatty y la belleza maliciosa de Faye Dunaway. Pero los serial killers no siempre fueron tan fotogénicos. Inspirada también en una pareja que hizo correr ríos de sangre y de tinta en el pasado, “Los asesinos de la luna de miel” (The Honeymoon Killers,1970) no estaba pensada para quienes gustaban del glamour de la violencia. Protagonizada por una mujer amargada que pesaba más de cien kilos y un latin lover fraudulento y angustiado por su calvicie, la película al principio no encontró más comprensión que la de aquellos que frecuentaban los cines de medianoche en busca de entretenimiento estridente.

La crónica roja siempre ha sido excelente guionista. Warren Steibel era el productor de un exitoso show de debates, una vez recordó el caso de los “Lonely Hearts Killers” que había entretenido mucho a los lectores de pasquines durante casi un año durante la década del 40. Martha Beck y Raymond Fernández, una gorda y un hispano, mataron a varias mujeres que Fernández engatusaba con promesas de matrimonio a través de la correspondencia de “corazones solitarios”. Steibel pensó que si valía hacer un intento en el cine podía ser para contar esta historia (pensó bien, pues el cine volvería a devorarla en dos ocasiones más). Entonces acudió a su roommate Leonard Kastle, le propuso investigar el caso y escribir un libreto. Kastle no tenía ninguna experiencia en el cine, lo suyo era componer óperas. Había tenido cierto éxito con una ópera sobre los mormones y algo menos con otra acerca del hundimiento de un barco ballenero. Steibel obtuvo unos US$ 150 mil de un amigo millonario y un buen guión de Kastle, entonces buscó un director joven y económico. Se decidió por un Martin Scorsese con las cejas mucho menos pobladas pero con ojos ansiosos por desarrollar un estilo. El joven Scorsese se pasaba horas planificando un plano secuencia, un plano detalle, un movimiento de grúa, mientras Steibel se comía las uñas observando al dinero desvanecerse.A las dos semanas lo despidió. No consiguió a otro director, así que convenció a Kastle de asumir la tarea de convertir en imágenes lo que había puesto en papel. Si bien esta no fue la segunda película de un futuro maestro, “The Honeymoon Killers” fue la brillante debut de un cineasta que nunca tendría una segunda oportunidad.

Entre lo poco rodado por Scorsese que no fue descartado tenemos un breve plano secuencia justo al principio. En el pasillo de un hospital se escucha una pequeña explosión, la enfermera Martha se apresura a reprender a los responsables: dos subalternos que combinaron por error dos sustancias de limpieza y que, de paso, aprovechan la soledad para besuquearse. Martha es una mujer malhumorada, en sus treinta, no es fea pero padece un serio sobrepeso y por la manera en que regaña a los amantes furtivos es fácil suponer que los envidia. En su casa, su amiga la convence de poner un anuncio en el periódico a ver si logra pescar a un hombre. Le responde Raymond Fernández, un español que ha hecho de este tipo de correspondencia su medio de subsistencia. Desvalija a señoras de media edad y luego las abandona tan solteronas como las encontró. Martha cae en la trampa pero Raymond también. Bajo amenaza de suicidio, Martha convence a Raymond de encontrarse por segunda vez. Esta vez, Raymond le muestra su habitación y la pone al tanto de sus estafas. En lugar de huir espantada, Martha se enamora y abandona a su madre para irse con él. Ahora acompañará a Raymond haciéndose pasar por su hermana, mientras este continúa ganándose el pan con nuevas incautas. Pero Martha tendrá que hacer grandes esfuerzos para contener los celos y vigilar que Raymond no cometa el acto con sus “prometidas”. Hasta que las cosas se saldrán de control y vendrán los martillazos, los tiros en la sien y los ahogamientos.

¿Por qué nos da poca pena que estas mujeres sean eliminadas por unos billetes y unas baratijas, y por que los asesinos nos parecen tan poco horrendos? Las víctimas son tan cursis e ingenuas: una de ellas entona una canción patriótica en la bañera, mientras afuera su fiancé y la gorda la están desvalijando; otra que colecciona imágenes de Jesucristo y que repite “Innat cuuuute?” con una vocecilla que nos hace presagiar que la van a dormir de un martillazo. Los asesinos son dos pobres diablos intentando sobrevivir en un Estados Unidos cucufato, discriminador y donde la estupidez se propaga a través de radionovelas y folletines rosa. Martha parece haber encontrado quien la quiera, ya no es una de aquellas “mujeres dejadas de lado”, pero para ella el costo será colaborar en estafar (y despachar para el otro mundo de ser necesario) a algunas desafortunadas que todavía lo son. Así puede relajarse y de rato en rato entregarse a las galletas, los sándwich y los bombones que devora recostada como si le fueran a proporcionar orgasmos. Ray, por su lado, es un narcisista acérrimo, curtido tras su máscara de galán exótico que le da de comer y que incluso perfecciona, disimulando su calvicie gracias al tupé que le obsequia una de sus “prometidas”. El suyo es un trabajo calculado: “No te imaginas lo que puedes obtener de las mujeres a cambio de un poco de afecto”, le dice a Martha con los cheques que otra mujer embaucada le ha firmado.

“The Honeymoon Killers” es un viaje peligroso, te incita y avasalla a cada momento, pero qué tentador puede ser confrontar en secreto nuestra ambigüedad moral. Sórdidamente divertida, esta película te da un escarmiento por estar pasándola bien. “The Honeymoon Killers”, como la crónica roja, apela a esa simpatía culposa que siente el espectador por personajes en extremo marginales que se inmolan en su intento de beneficiarse de un mundo idiotizado.

Seguramente por su distancia a los parámetros, especialmente por tener una protagonista de 100 kilos, a la distancia se la calificó de obscena. Así pues su exhibición en Estados Unidos estuvo confinada a la cartelera exploitation y a su público nada gustoso en ser reconocido a la salida del cine. Todo lo contrario a lo ocurrido en Europa donde ganó ilustres fans que no iban a callar sus alabanzas. Francois Truffaut la nombró su “película americana favorita” y Michelangelo Antonioni, más emocionado, la elevaba a ser “una de las películas más sublimes que había visto jamás”.

Kastle recibió una importante ayuda de Oliver Wood, el director de fotografía traído por Scorsese, para hacer el milagro de que un compositor de óperas haya tenido una ópera prima en el cine tan poderosa. Optaron por ese tono semi-documental, desprovisto de luces artificiales y en un blanco y negro, totalmente en desuso para los 70´s, que evoca a un newsreel. Kastle rodó en orden cronológico y en escenarios reales con la cámara siempre al servicio del registro más sobrio y eficaz. Un estudio sobre dos sociópatas sin exaltación, ni momentos diseñados para sacudir al espectador, simplemente la gráfica del desquiciamiento. Kastle se propuso enfocar nuestra fascinación por el delito en el ambiente en el que este madura. Después de esta prometedora debut, a los 39 años, Kastle barajaría un par de proyectos, uno de ellos en la misma linea de "Honeymoon", que no llegaría a rodar para luego retomar definitivamente las partituras. Su escapada al mundo del cine terminó muy rápido pero perduró en la mente de muchos cinéfilos. Entre ellos seguramente el mexicano Arturo Ripstein que no resistió las ganas de contar su versión del caso en “Profundo Carmesí” (1996), con el tinte sórdido mucho más acentuado.

Pero ¿qué fue de la gorda? Al ver a Shirley Stoler como Martha, su primer papel, en “The Honeymoon Killers”, puedes pensar que debió haber sido difícil para esta actriz encontrar nuevos trabajos. Olvidas que el cine y la TV siempre necesita villanos a quienes, a veces, el sobrepeso les viene muy bien para presumir de su maldad. Así Stoler hizo una discreta carrera dramática como “la gorda mala”. Tuvo otro rol de importancia como una nazi al mando de un campo de concentración, personaje inspirado en la leyendaria sádica nazi Ilse Koch, en “Pasqualino Settebellezze” (1975). También hizo roles pequeños en películas como “The Deer Hunter” (1978), “Macolm X” (1992) o “Une vraie jeune fille” (1976) de la audaz Catherine Breillat. El resto del tiempo, hasta algunos años antes de su muerte en 1999, su especialidad era ser arpía en series y telenovelas que las amas de casa contemplaban frunciendo la frente.


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septiembre 27, 2009

Un modesto apocalipsis

Repentinamente me acordé de esas siete esferas gigantes con siete púas como cuernos: una bestia vaticinada en el Apocalipsis. No sé porqué la imagen se paseó por mi mente, pero la agarré de los pelos y traje de vuelta a una de las películas para adultos que más me impresionaron en mi niñez. La vi por televisión en una hora en que se suponía los niños dormían. Recuerdo que, además de ciertas escenas violentas, me impactó su fatalismo feroz. Cuando el Diablo quiere algo no hay quien lo pare. “Holocaust 2000” (1977) es una película apocalíptica hecha en un tiempo en el que era comercial anunciar el fin del mundo para el 2000, yo la vi bastante después cuando el mundo estaba una década más cerca a su final.

En esta película de medianoche un magnate aparece con la impopular idea de montar una planta nuclear en Tierra Santa. La prensa critica el proyecto, un líder político local le ha declarado la guerra y hasta Jesucristo parece querer disuadirlo. Cerca al lugar del proyecto hay una cueva con la palabra “Jesús” en la puerta. Allí supuestamente los primeros cristianos alucinaron el Juicio Final. Como un turista escéptico, el empresario visita la cueva y se toma la foto obligatoria que al ser revelada mostrará, cual photoshop, el dibujo de una bestia de siete cabezas como tenebroso fondo. Pero estamos tratando con un hombre de Ciencia que ignora los malos augurios y sigue adelante con sus ambiciones. Eso sí, sin pasar por alto que la maqueta de su planta nuclear lleva siete esferas con siete púas en cada una, lo que le otorga cierto parecido con la bestia que se coló en la foto. Sin embargo, el magnate y su hijo están decididos a sacar el proyecto adelante y contactan a un Premio Nobel de Física para obtener su visto bueno. El científico somete el proyecto al escrutinio de sus computadoras pero estas prácticamente se pondrán a rezar pues arrojarán como toda respuesta unas cifras que se asemejan a la palabra “Jesús”. Ya con el bichito de la duda, el empresario acude a un teólogo que le muestra un libro antiguo donde está dibujada la misma bestia. Es decir, sólo faltaba que la foto del empresario aparezca en el libro del Apocalipsis. Por si no estuviera todavía del todo seguro, un fanático religioso, después de fracasar en asesinarlo, le grita que de su prole nacerá el Anticristo.

El magnate en cuestión es Kirk Douglas en el otoño de su carrera actoral. Así como le pasó a su colega Charlton Heston cuando el tiempo de los “grandes roles” ya había pasado y ahora se asomaban a su puerta los productores de “géneros menores”, como el Horror y la Ciencia Ficción, el viejo Kirk participó en títulos como “Saturno 3” (1980), “La furia” (1978) o “Holocaust 2000” (1977). Tal vez Heston tuvo más suerte, hoy muchos lo recuerdan mejor por “El planeta de los simios” (1968) que por “Ben-Hur” (1959). Pero Kirk Douglas, que decía que su especialidad actoral era interpretar a hijos de puta, no se comportaba como tal si su director no era Stanley Kubrick, por el contrario era todo un profesional que incluso a sus 60 años se desnudaba y tenia escenas de cama si el guión lo exigía.

En “Holocaust 2000”, Kirk hace su mejor esfuerzo para parecer convincente en un perezoso relato sobre el fin del mundo. Ahí lo vemos a su edad en una actuación maratónica, contemplando con zozobra, luciendo trajes de ejecutivo, sorteando muertes accidentales, forzando a su chica a entrar en la clínica de abortos (y luego a la Iglesia), luchando a mano limpia con todo un pabellón del manicomio y corriendo en una pesadilla con el culo al aire.

El responsable de esta insensatez es un italiano llamado Alberto De Martino. Era un director poco interesado en pasar a la posteridad que realizó varios refritos a la italiana de películas de moda. Luego de probar suerte en el horror gótico, en el giallo y en épicas de espadas y sandalias, De Martino descubre que le irá mejor si remeda lo que el público acaba de aplaudir. A expensas de James Bond concibe “OK Connery” (1967), poseído por la taquillera “The exorcist” (1973) escupe “The anticrist” (1974) y alertado por la apocalíptica “The Omen” (1976) profetiza “Holocaust 2000” (1977). Pero una vez tuvo la oportunidad de anticiparse a la película que estaba copiando. En 1982 realizó “Blood link” sobre dos hermanos siameses, uno de ellos homicida, años antes de que se le ocurriera algo similar a David Cronenberg para “Dead Ringers” (1988).

Aunque ahora, nueve años después del “fin del mundo”, nadie se acuerde de “Holocaust 2000”, no es una película indigna del Anticristo. Sacando provecho de un Kirk Douglas en forma, De Martino se las arregla para lograr una atmósfera opresiva que anticipa que el mal siempre triunfa. Cuando el empresario se da cuenta, ¡por fin!, que su planta nuclear será el origen de la debacle del mundo e intenta ponerle freno, tarde será para dejar de ser un peón de la fatalidad. Su hijo Angel Caine, a quien no tenemos que hurgarle el 666 para saber que es el Anticristo, barrerá con todo obstáculo y naturalmente la sangre correrá. Una hélice rebanará la cabeza de un opositor, una puerta corrediza ajustará la cintura del científico dubitativo e incluso el viejo Kirk terminará de interno en un siquiátrico de paredes transparentes. La escena que más me impacto de niño es justamente esta: los locos zarandeando al papá del Diablo.

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agosto 23, 2009

Postales de época

Jacopetti y Prosperi, aquel dúo de documentalistas italianos, habían dado vuelta al mundo buscando coloridas peculiaridades humanas para sorprender a una audiencia que poco imaginaba lo que podía ocurrir cruzando el Mediterráneo. En “Mondo Cane” (1962), su primer y mayor éxito, presentaron un estilo de documental mucho menos acomedido en conservar sereno a su público. Su cámara pretendía actuar como un sincero reportero gráfico de la crudeza de la naturaleza, pero eso sí, bellamente adornada con espléndida música y una fotografía excelsa. Frente a sus películas la indiferencia era imposible. Espectadores atacados por taquicardias y arcadas, las despreciaban con pasión. Otros quedaron culposamente fascinados ante la extrañeza que desafiaba a sus ojos. Para algunos de estos se creó después el “mondo”, la rama más torcida brotada del cine.

Franco Prosperi era un introvertido biólogo y naturalista que pronto descubrió que los documentales daban mucha más plata que los estudios científicos. Gualtiero Jacopetti era un periodista hablador que encontró en el documental una caja de herramientas para comentar sobre la gente. La asociación dio como resultado el periodismo naturalista (este término me lo acabo de inventar, no se lo tomen en serio) de “Mondo Cane”. Después de dos películas menores, lanzadas mientras duraba la aclamación de su debut (“La donna nel mondo”, 1963 y “Mondo Cane 2”, 1963), Prosperi y Jacopetti se sumergieron en un periplo de tres años por un África paupérrima que por entonces veía zarpar los últimos barcos de colonos europeos. Nunca más se vería en un documental “serio” tanta brutalidad y miseria humana, “Africa Addio” (1966), posiblemente su obra más importante, era una sinfonía de violencia bellamente ejecutada. Además de padecer las tijeras de la censura y denuncias por crueldades supuestamente escenificadas, después de “Africa Addio” los acusaron además de racistas. Picados por esta crítica que rechazaban, el dúo se propuso hacer una nueva película abiertamente “anti-racista” que también fuera terriblemente sobrecogedora. Esta vez no sólo viajaron a otro continente sino también a otro tiempo. Hicieron un “documental de época” sobre la trata de esclavos negros en el Sur gringo del siglo XIX. “Addio zio Tom” (Adiós, tío Tom, 1971) es una recreación “realista” del transporte, domesticación y manutención de esclavos, registradas por unos reporteros italianos que se inmiscuyen en el pasado.

Cuando Prosperi y Jacopetti concibieron este proyecto, en Estados Unidos la ira ocasionada por los asesinatos de Malcom X y Martin Luther King todavía estaba lejos de disiparse. Conseguir la igualdad de derechos entre negros y blancos era un objetivo para el cual no se descartaba el uso de la violencia armada. Todos los días manifestantes eran detenidos y la población negra era siempre mayoritaria en las cárceles. Ese era el presente del pasado que Prosperi y Jacopetti pretendían representar: millones de negros llegan en calidad de ganado a Estados Unidos y son obligados a romperse el lomo en plantaciones de algodón. Traer ese antecedente a los cines de inicios de los 70´s podía ser entendido como una justificación de la “venganza” de los negros. Pero hoy más bien parece la opinión de unos italianos que observan distantes e irónicos unos Estados Unidos profundamente fracturados por la discriminación. Y a los que auguraban un violento futuro.

Para filmar “Addio zio Tom” originalmente se había elegido Brasil como locación, pero las autoridades brasileras una vez al tanto de la fama de sensacionalistas de Prosperi y Jacopetti negaron los permisos a último momento. Fue gracias a Papa Doc, el sanguinario dictador de Haití, que la producción se trasladó a la isla donde se le otorgó facilidades así como la posibilidad de disponer de una cantidad ilimitada de extras negros. Allí, utilizando casas-haciendas del tipo “Lo que el viento se llevo” se montó un Sur norteamericano esclavista. Tomándose la licencia de la existencia de cámaras en aquella época, unos documentalistas foráneos registran a esclavos, patrones, traficantes y otros personajes siguiendo sus rutinas. El esclavo es una criatura frágil, idiotizada y silenciosa que es arreado masivamente desde África a las plantaciones sureñas, a las barracas y después al enterramiento cuando deja de moverse. Se muestra cómo los desinfectan en multitud intentado menguar su mortandad extrema; cómo les destrozan los dientes a los que pretenden matarse de hambre para introducirles un embudo y cebarlos como patos, pues más vale un esclavo sin dientes que uno enfermo o muerto. Los vemos en sus jaulas, con bozales, encadenados y hasta puestos a satisfacer a sádicos. Los patrones, por su lado, no tienen ningún problema en que la carne de esclavos sea el combustible de sus industrias, avalados como están por científicos que demuestran que el negro es un homínido pero no un hombre y sacerdotes que predican que su destino asignado por Dios es la servidumbre. Los traficantes, como todo comerciante, se esfuerzan por conseguir la mercancía más exclusiva: gemelos idénticos y núbiles de las etnias más refinadas. Uno hasta tiene una granja de esclavos donde cruza una virgen con uno de sus sementales. También produce negritos con pelo rubio cuando es él el que se ocupa de esta tarea.

Como contrapunto de estas “postales de época”, “Addio zio Tom” muestra secuencias contemporáneas supuestamente reales. Por una parte, los luchadores por la igualdad proclaman que el “Tío Tom” está muerto, aquel estereotipo del negro ex- esclavo pero aún manso y servil al blanco. Por otro lado vemos al negro como una pieza dispareja que no encuentra donde encajar y mientras tanto alimenta un sentimiento de odio al blanco.

Si Prosperi y Jacopetti pensaron que con “Addio zio Tom” refutarían a quienes los acusaban de racistas, quedaron sorprendidos al ver que ahora los criticaban por lo mismo con más ganas. Pero, ¿vista hoy se trata realmente de una película racista? Tratándose de un tema todavía muy delicado, en el cine al parecer es muy fácil ser tachado de racista si no proclamas enfáticamente que no lo eres. Prosperi y Jacopetti siempre creyeron en la subjetividad del documental, a tal punto que sus comentarios en off están siempre cargados de cinismo, humor y patetismo. Combinados con representaciones tan elocuentes de la miseria humana, estos comentarios muchas veces pueden sonar antipáticos o frívolos. En su defensa, los documentalistas alegaron que al menos todos los discursos racistas de su película habían sido antes pronunciados por personajes reales de otras épocas. Pero pasados los años, Prosperi y Jacopetti lamentaron no haber dado un tratamiento más explicativo y menos lúdico en lo ideológico a su “Addio zio Tom”.

Como sus película anterior, “Addio zio Tom” fue forzada a mutilarse, a reeditarse parcialmente y reemplazar su narración para su distribución en USA. Al final el público no le prestó mucha atención. Desapercibido pasó el hecho de tener una factura cinematográfica impecable. Prosperi y Jacopetti son unos sibaritas del encuadre. Siempre encuentran un punto de vista desde donde todo puede verse mucho más dramático y en “Addio zio Tom” podían además controlar todos los elementos, por lo que se regodean construyendo planos y movilizando miles de extras. Después del fracaso de “Addio zio Tom”, la relación entre los documentalistas llegó a un punto muerto. Su siguiente y olvidado proyecto “Mondo Candido” (1975), los llevó a una discrepancia económica que terminó con su colaboración para siempre.


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junio 29, 2009

Los triunfos y los fraudes

Orson Welles comenzó su carrera cinematográfica desde la cima. A partir de ahí sólo descendió por la pendiente de la antipatía hollywoodense por este genio que no escupía monedas. Sus esfuerzos por completar otro film a pesar de la permanente incomprensión de sus productores, tuvieron éxito por última vez con “F for Fake” (1974). Así como en su debut, su involuntaria despedida del cine también daba visos del futuro. “F for Fake” es una violación al género documental. Es un film sobre la falsificación y es una película fraudulenta al mismo tiempo. Vestido de mago, haciendo trucos ante unos niños, Welles nos promete que durante una hora no dirá ni una mentira para contar la historia de tres maestros del engaño.

Como es bien sabido, Orson Welles no atrajo el interés de la industria del cine por sus extraordinarios logros en el teatro, sino por haber perpetrado un timo radiofónico. Su legendaria transmisión de “La Guerra de los Mundos” en 1938 convenció a una audiencia horrorizada que los marcianos habían invadido Estados Unidos. La jugarreta dio la vuelta al mundo y su responsable en lugar de ir a prisión, fue a Hollywood. Los estudios RKO ofrecieron a Welles un contrato insólito: absoluto control artístico de dos películas. Ingenuamente entusiasmados por la hazaña mediática de Welles, los ejecutivos de la RKO debieron pensar que con libertad creativa y gran presupuesto este geniecillo sería su nueva gallina de los huevos de oro. Mal que bien, la primera película fue la maravillosa “Ciudadano Kane” (1941), una revolución en todos los aspectos de la creación cinematográfica. Pero nadie, excepto los críticos, tenía ánimo para aplaudir sus inmensas virtudes. El magnate William Randolph Hearst había utilizado su poder para sabotear su distribución creyéndose, arrogante él, el único retratado en el personaje de Kane. Fue así como los pobres ejecutivos comprendieron que aliarse con Welles era perder la billetera. “Citizen Kane” tuvo una rentabilidad mínima y la RKO alertada reclamó el control de la siguiente película del contrato: “The Magnificent Ambersons” (1942), cuyo corte final fue alterado radicalmente y forzado a terminar en “happy end”, todo para impedir, en vano, que parezca otra “genialidad” de Welles. Poco después, los estudios RKO no sólo dan por terminado todo pacto con el genio, sino que escarmentados asumen un nuevo eslogan empresarial: “Showmanship in place of Genius" (“Espectáculo en lugar de genialidad”).

A partir de entonces, Orson Welles difícilmente podrá esquivar las imposiciones de los estudios sobre sus películas. Como corrigiendo la tarea del alumno indisciplinado, los productores no dudaron en volver a filmar escenas, agregar secuencias explicativas, aligerar dramáticamente el metraje y cerrar felizmente las tramas. Más de una vez Welles advirtió que sus películas se habían vuelto irreconocibles a sus ojos. Pero ni siquiera con retoques, su cine logró alguna vez la compresión del público norteamericano que no estaba preparado para su originalidad. El capital le fue aún más escurridizo y su obesidad una constante en crecimiento. A comienzos de los 70´s, en los últimos años de su carrera, Welles encontró en la apasionante historia del pintor Elmyr de Hory y su biógrafo Clifford Irving el sustento para intentar otra cosa nueva en el cine.

Picasso, Modigliani, Matisse habían hablado a través del pincel de Elmyr de Hory. Es muy posible que todavía ahora en los grandes museos, discretas obras maestras que ostentan la firma de algún genio de la pintura hayan sido pericia de este pintor húngaro. Aunque él decía que provenía de una familia oligarca, se sabe más bien que era de clase media. En su juventud los nazis lo confundieron por judío pero acertaron en cuanto a su homosexualidad, así que lo mantuvieron prisionero. Logró escapar, regresó a Hungría donde encontró muertos a sus padres. Emigró a París donde quiso hacer de su habilidad como pintor su sustento de vida. Pero sus cuadros no gustaron a nadie al grado de querer comprarlos. Un día una mujer le pregunta ¿a cuánto ese Picasso? Elmyr, que lo había pintado unos días atrás, descubrió entonces que podía mejorar su vida reproduciendo el arte de otros. A diferencia de los falibles falsificadores anónimos, Elmyr no copiaba obras existentes sino que inventaba nuevas según el estilo de algún maestro, del impresionismo preferentemente. Las firmas falsificadas aparecían después, Elmyr dice que no salieron de su pincel, simplemente para redondear el engaño. Elmyr y los vendedores de arte con quienes se asoció, vendieron cuadros apócrifos a coleccionistas y museos por grandes sumas y en muchos países del mundo. Los expertos no hacían más que despistadamente respaldar la autenticidad de sus fraudes. Sin embargo, como le gustaba remarcar, Elmyr estaba lejos de ser el más beneficiado de sus falsificaciones. Los marchantes traficaban sus pinturas por varios fajos de dinero y a Elmyr siempre le tocaba el más delgado. Cansado de los sobresaltos de ser un timador, se refugia en la isla de Ibiza en donde vive tranquilo enviando cuadros a los vendedores a cambio de una cuota fija mínima. En Ibiza, seguramente en alguna de las muchas fiestas que daba, Elmyr conoció a Clifford Irving, un escritor.

Con tres novelas publicadas Irving sólo había obtenido muy buenas reseñas pero nada de plata ni fama. Comenzaban los 60´s cuando se mudó a Ibiza donde se topó con el personaje que le daría su mejor libro y una temeraria inspiración para su vida. Se hizo amigo y biógrafo de Elmyr de Hory. El mundo conocería a Elmyr, el más grande falsificador de arte de nuestro tiempo, a través del libro “Fake” (1969). Asombrado por la facilidad con que se obtiene dinero con una falsificación esmerada, Irving decidió probar suerte en su propio timo en el campo biográfico. Acudió a la editorial McGraw-Hill, que había publicado sus libros anteriormente, ofreciéndoles la autobiografía del famoso millonario Howard Hughes. Era el personaje perfecto para unas falsas memorias. Hughes había sido exitoso productor de cine, inventor, aviador aventurero, empresario codicioso, mujeriego de actrices de cine, pero para ese entonces era un hombre muy poderoso bajo el control de una obsesión compulsiva. Vivía recluido en hoteles y desde la oscuridad de sus habitaciones, en las que veía películas constantemente, dirigía un imperio y se dejaba llevar por la locura. Nadie lo había visto desde hace mucho, se decía incluso que podía estar gravemente enfermo sino muerto. No parecía que Hughes fuera a tomarse la molestia de abandonar su aislamiento para desmentir otro pasatiempo de la prensa acerca de él. Así que Irving con cartas falsas convenció a McGraw-Hill que el magnate, entusiasmado por el libro sobre Elmyr, había decidido que Irving también sería su biógrafo a quien daría entrevistas privadas. Con la complicidad de su esposa y con una cuenta en Suiza, los papeles truchos de Irving persuadieron a los taquígrafos de ser auténticos y el escritor obtuvo de la editorial una gran suma de adelanto. Siguió trabajando en su crimen perfecto y superando todo obstáculo a su credibilidad. Hasta que el mismo Hughes tomó el auricular y dio una teleconferencia a varios periodistas, declarando no haber hablado con Irving en su vida. El escritor impostor, antes de verse aún más obligado a confesar, llegó a decir que tal vez aquella voz que decía ser Hughes en el teléfono era la verdadera falsificación.

Orson Welles sintió que debía poner su nombre junto a los de Elmyr e Irving para hacer toda un ensayo sobre la mentira en el arte y porque él mismo se sentía un devoto del fraude. El artista que había comenzado mostrando lo soberbia que podía ser la arquitectura de irrealidades en el cine, al final se las arreglaba para desenmascararla. Para esto “F for fake” desarrolla un documental-ensayo que es una lección de posmodernismo. Abiertamente reflexiva, auto referencial, lúdica, desencantada y gustosa en desmoronar creencias. Welles se presenta a sí mismo como un charlatán, otro ilusionista del arte que logró atención gracias a un engaño transmitido por radio.

En “F for fake”, Welles evita toda reminiscencia al estilo visual que caracterizó a su cine anterior y, como siempre, desconcierta al espectador con una nueva forma de film que le demandará un previo pacto mental. “Para este experimento, damas y caballeros, quiero pedir prestado un objeto personal de su bolsillo”, dice Welles vestido de mago y frente a los ojos de un niño hace desaparecer una llave. “El mago es sólo un actor haciendo de mago”, nos dice. Entonces el espectador es tan responsable como el actor en urdir el engaño, pero aquí explícitamente se no pide que entreguemos “la llave”. Pues estamos avisados y al mismo tiempo no sabemos, o no queremos saber, que estamos participando. Como los hombres que voltean a contemplar a Oja Kodar, la bellísima amante de Welles, que en la primera secuencia se pasea por la calle mientras cámaras escondidas registran todo tipo de expresiones de deseo de actores involuntarios.

A pesar del juramento de Welles de no decir mentiras, “por una hora”, en su exposición de los casos de Elmyr, Irving y el suyo propio, el espectador no puede bajar la guardia en ningún momento. “F for fake” es un tramado sumamente juguetón donde se mezcla la veracidad con el sinsentido, la Historia con los chistes privados y donde lo más ligero parece tener doble significado. Por esto todo lo dicho suena dudoso y la superficialidad aparente de las historias más bien revelan que cotidianamente se están perpetrando otros engaños mucho menos obvios.

Y para engaños quien mejor que el arte, incluso la noción de qué es arte y quien autor son factores proclives al fingimiento. Elmyr, como otros falsificadores, debe su éxito a los expertos. Él pintaba expresamente las características que sabía los peritos tienen como indicadores de autenticidad. Una vez adquiridos por los museos y pasados algunos años, sus cuadros se convertían automáticamente en auténticos. Incluso una vez desenmascarado Elmyr, era peor la humillación de descolgar ese Picasso fraude y aceptar haber sido engañados. Así es, “F for fake” es un dura crítica a la codificación del arte a través de los expertos, que no son más que un “regalo de Dios para los falsificadores”.

Para un director que siempre entendió que en la edición reside el oficio del cine, “F for fake” representó su mayor esfuerzo. Utilizando tomas de un documental previo sobre Elmyr realizado por François Reichenbach, sus propias entrevistas, pasajes de una película de marcianos, entre otros materiales, Welles trabajó todo un año en la edición de esta película. Como era de esperarse no fue comprendida y los distribuidores bostezaron al verla, pero eso no podía importar demasiado. Como el mismo Welles recita en “F for fake”: “los triunfos y los fraudes, los tesoros y las falsificaciones, nuestras canciones todas serán silenciadas. Pero qué importa, sigamos cantando.”

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junio 05, 2009

El secreto de la pirámide

¿Qué forma más elegante de homicidio que inducir a la víctima a encontrar la muerte por sí misma sólo para escapar de violentas alucinaciones? Un hombre engancha su sombrero en el perchero. Pero el sombrero salta de regreso a su cabeza y las formas de serpientes del perchero cobran vida para enganchar al hombre. Las lámparas también enloquecen e incendian la habitación. El hombre se libera pero preso del pánico se lanza por una ventana. Si tienes seis años y tu madre no puede explicarte bien cómo funcionan los “efectos especiales”, no hay forma de olvidar escenas como aquella. “El secreto de la pirámide” (1985), o “Young Sherlock Holmes”, intentó comenzar otra franquicia de cine para niños y adolescentes pero fracasó, y yo la vi sólo porque estaba en cartelera el domingo que me llevaron al cine. Pero después feliz habría ido a ver la secuela que nunca tuvo.

Los recuerdos se pegan mejor si con horror vienen impresos. Otras imágenes de esta película que quedaron grabadas en mi mente. La figura de un caballero se desprende del vitral de una iglesia y blande su espada ante los ojos alucinados de un cura. Un niño que gusta del azúcar se ve atacado por bizcochos, conos de crema y alfajores que avanzando con piernitas y bracitos pugnan por meterse en su boca. Si lo anterior les parece, con razón, fantasías que sólo asustarían a un niño de seis años, que tal una mujer viva envuelta como una momia egipcia y bañada con cera hirviendo. Seguí oyendo el grito que lanzó varias noches antes de dormir.

Hoy al reencontrarme con “El secreto de la pirámide” me entero de todo lo que no tenía motivo para recordar. Se trata de la “ficción” de una ficción. La película altera lo contado por Sir Arthur Conan Doyle acerca de su clásico personaje, el detective Sherlock Holmes, para presentar las aventuras de un Holmes adolescente que conoce a un Watson pre púber en un colegio internado. El joven Holmes es la estrella de la escuela. No sólo tiene un cerebro de primer orden, además es un esgrimista de talento y tiene de girlfriend a la niña más linda del lugar. Paralelamente una serie de misteriosas muertes ensombrecen las calles del Londres victoriano. Personas eminentes pierden la vida en dudosos suicidios y Holmes sospecha de una mano criminal detrás de estos sucesos. Pero el jefe de policía está harto de las suspicacias de este chico sabelotodo y lo ignora. Por su lado, Holmes y Watson descubren una secta egipcia que elimina a sus enemigos a través de un alucinógeno, disparado desde una cerbatana. Es más, se infiltran en la pirámide donde la secta sacrifica jovencitas en honor a Osiris, bañándolas vivas con cera hirviendo. Más momentos de intriga, duelos a espada, mas muertes y episodios de alucinaciones que afectarán incluso a Holmes y Watson, será el costo de resolver el misterio.

“El secreto de la pirámide” estaba diseñado para romper en taquilla y continuar su rendimiento con secuelas y merchandising. No en vano se trataba de otro producto de gran presupuesto de la firma de Steven Spielberg, productor ejecutivo de esta y otras tantas películas que dominaron las carteleras de los 80´s. “El secreto de la pirámide” echaba mano a varios ingredientes que habían funcionado de maravilla no mucho antes. Tenía hazañas de niños sabihondos como en “The Goonies” (1985); las destrezas físicas, los villanos exóticos y los templos de perdición de las cintas de Indiana Jones, y, en especial, ese afán por lucirse en el despliegue visual. Todo esto al servicio de una versión teenager de un clásico de la literatura de misterio. ¡No podía fallar! Pero tanto la crítica como el público se mostraron muy poco entusiastas con esta película y su recaudación apenas superó lo invertido. Quizá su parecido a otras cintas pesaban demasiado como para ser apreciada por si misma, quizá algo fallaba en los personajes (el romance nada convincente de Holmes hacia aquella niña, por ejemplos), lo cierto es que al “El secreto de la pirámide” le fue inútil incluir después de los créditos finales una escena que insinuara que el joven Holmes continuaría sus aventuras en otra entrega, “próximamente en esta sala”.

A mi parece injusto el fracaso del joven Sherlock Holmes. No lo digo porque me haya gustado de niño, cuando me bastaba con que haya sido un éxito conmigo, sino ahora que la vuelvo a ver con mi supuesta noción de la bondad del cine. Creo recordar que a propósito de esta película mi mamá me había informado, seguramente para explicar cómo pueden suceder cosas extraordinarias en ellas, que las películas eran una de las cosas que más caro costaba hacer en el mundo. Ahora veo que este era un buen ejemplo para ese tiempo, pues es un producto hecho con finos materiales. El guión es sólido, con más de un momento de brillo y personajes carismáticos; la dirección de arte es impecable; la banda sonora, un goce; y tiene la dosis justa y genial de efectos especiales, los mejores para su época. Si bien, tratándose de Sherlock Holmes el canon diría que debería tener predilección por el razonamiento puro, su versión adolescente bien puede tener no poca impulsividad y gusto por meterse en líos que lo pongan en peligro de muerte. “El secreto de la pirámide” juguetea además planteando cómo Holmes obtuvo su característica pipa y sombrero, y lo que es más atrevido, el por qué de su misoginia.

“El secreto de la pirámide” es un antepasado directo de las películas más comerciales de hoy. Demostró que en el futuro nada sería imposible en lo visual gracias a las imágenes computarizadas, pues traía la novedad del primer personaje digital en una película de acción real (el caballero que salta del vitral, que les conté). El responsable de la aparición era John Lasseter, quien diez años después realizaría “Toy Story” (1995), el primer largometraje de animación 3D, y lideraría la compañía Pixar para hacer de este tipo de producto la atracción de las carteleras que vendrían. Además, “el secreto de la pirámide” sería el primer ensayo de lo que sí sería una franquicia futura muy exitosa. El guionista Chris Columbus dirigiría después las adaptaciones de los dos primeros libros de Harry Potter y para esto recordaría mucho de la estética y los personajes de “Young Sherlock Holmes” en la recreación del Colegio Hogwarts y sus intrigas.

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mayo 12, 2009

“Se lo advertí, estúpidos”

“Se lo advertí, estúpidos” (“I told you so. You dammed fools”) era el epitafio que había pensado para sí H.G. Wells, un escritor que narraba el futuro. Este padre de la Ciencia Ficción ya lo había imaginado todo: extraterrestres catastróficos, paseos en el Tiempo, colonialismo lunar, mártires de la Ciencia y pesadillas en las que la civilización humana se quiebra por el vicio de la guerra. Masas de lectores seguían sus historias y esperaban ansiosos que en la próxima entrega la sensatez y la Ciencia salven al hombre de otro colosal aprieto del mañana. Naturalmente, el cine del futuro se ocuparía de representar a su antojo los sueños del viejo Wells, pero el escritor pudo en una oportunidad involucrarse profundamente en la realización de una película: “Things to Come” (La vida futura, 1936). Adaptando su propia novela, Wells contó las noticias de años que por entonces parecían muy distantes y que ahora están por llegar.

Mostrar este relato de tiempos hipotéticos tenía que estar a cargo de un maestro capaz de atrapar en un encuadre mundos que nadie había visto: William Cameron Menzies. Desde sus comienzos como director de arte en películas mudas, Menzies mostró lo ambicioso que podía ser el diseño en una película que pretende seducir con realidades fastuosas e inaccesibles. Su primer gran trabajo fue “El ladrón de Bagdad” (1924) para el que diseñó un ensueño de torres, escaleras interminables y cúpulas, que marcó la forma en que la gente imaginaría “las mil y una noches” en adelante. Se ganó el “Oscar” a la Mejor Dirección de Arte por “The dove” (1927), cuando la estatuilla ni siquiera existía y el premio era una cena, en la primera ceremonia del Academy Awards en 1929. Su talento llegó a su punto máximo en la que sería la película más famosa de la historia, “Lo que el viento se llevó” (1939). Inventaron para él un crédito que pueda abarcara la importancia de su trabajo: “Production Designer”. El conductor de un estilo visual que se despliega en cada plano a través de decorados, escenografías, maquillaje y vestuarios.

Predispuesto por el poder de sus diseños al cine de fantasía, su primera comisión como director fue con el ambicioso proyecto de Ciencia Ficción, “Things to come”. Pero Menzies no se sentía a gusto con dirigir actores, prefería en cambio coreografiar multitudes para un plano general. Tampoco le gustaba pasarse horas en la sala de edición, sino dirigir la construcción de otro escenario. Por esto, Wells lo consideró un incompetente al darse cuenta que su guión peligraba en manos de un director al que no le gustaba escuchar diálogos. Por esta razón, la productora otorgó a Wells el poder de influir en todos los aspectos del film, confiando que al mismo tiempo Menzies compensaría de sobra la escasa imaginación visual del escritor. Por lo tanto, “Things to come” es obra de un escritor y un diseñador. Uno con moralejas sobre la guerra y el progreso, y el otro articulando cientos de extras e imaginando maquinarias futuristas.

H. G. Wells había avistado que en el devenir de la civilización humana un ingrediente se estaba volviendo cada vez más crucial, las máquinas. El control sobre la tecnología se volvía el más evidente indicador de poder entre las naciones y entre las clases sociales. H. G. Wells fue un socialista convencido durante toda su vida y sus escritos exhortaban a un mundo donde triunfara la igualdad y donde la Ciencia estuviera por encima de la Política. La tecnología sería entonces el triunfo de la razón que conduciría a la igualdad entre los hombres. Pero en los años que vivió Wells, principios del Siglo XX, el panorama no era para nada igualitario y no lo es hasta el día de hoy. El escritor advertía que las máquinas no eran sino agentes trágicamente más eficaces en defender los intereses de quienes las construyeron. Y si esos intereses tenían ánimo de guerra, la tecnología en sus manos multiplicaba violentamente su capacidad de imponerse.A lo largo de su vida, Wells presenció dos guerras mundiales y lamentó que su tiempo parecía haberse emborrachado con el poder de la máquina, y como todo borracho estaba dominado por sus pasiones. Para el momento de “Things to come” (1936), Wells tenía una urgente predicción que hacer: una nueva guerra mundial se avecinaba. Acertó.

El protagonista de “Things to come” es el tiempo. El escenario es un pueblo/estado llamado didácticamente Everytown. El futuro empieza en los años 40. En una noche de Navidad, dos amigos discuten sobre la proximidad de una nueva guerra. El optimista la descarta, pero si así fuera “las guerras sirven para el progreso”, afirma y se pone a cantar un villancico. El otro está convenido que se les viene el mundo encima. Minutos después suenan las sirenas, qué nadie salga de su casa. En Navidad, Everytown sufrirá un ataque aéreo. Sin necesidad de explicar las razones, la guerra se hace global y se extiende por décadas. La humanidad retorna a la barbarie para cuando una epidemia, “la enfermedad errante”, esparcida como arma biológica por uno de los bandos, elimina a la mitad de la población mundial. Para 1970, Everytown ha vencido a la enfermedad disparando contra todos los infectados que vagan como zombies entre los escombros. El líder de Everytown es ahora un warlord, un señor de la guerra, que gobierna al estilo matonesco. Su objetivo principal es lograr reparar sus aviones para lanzar un ataque final contra “la gente de las montañas”. Pero la tecnología ya es un recuerdo lejano, el combustible es escaso y hace mucho tiempo que nadie ve algún vehículo surcar el cielo. Pero, de repente, como venido de otro tiempo, retorna a Everytown un tal John Cabal (uno de los que estaba en aquella conversación en esa funesta Navidad), en su modernísimo avión personal y su atuendo hi-tech. Representa a una organización llamada “Alas sobre el mundo”, dirigida por hombres de Ciencia que está refundando la civilización en base a la razón y el progreso, y limpiando el mundo de los tiranuelos sobrevivientes. El caudillo lo toma prisionero, y lo presiona para que utilice su conocimiento en reparar su flota de viejas avionetas pero fracasa. Pronto “Alas sobre el mundo”, con sus cientos de aviones y sus gases que no envenenan sino hacen dormir, liberará a Everytown. Comienza otra era, de paz, grandes edificios y dominio de la razón. Son las primeras décadas del siglo XXI y un sector de la población ya está harto del progreso y de su sed de desafíos. Un movimiento se alza contra los planes de lanzar un cohete tripulado a la Luna. “¿Es que nunca llegará una era de felicidad?”, se preguntan, “¿es que nunca descansaremos?”. “Para el hombre no hay descanso ni final, debe continuar conquista tras conquista y aún así seguirá siendo el comienzo”, responde el líder progresista. “Todo el universo o nada. ¿Cuál de las dos será?”. Si bien Wells nos otorga una conclusión edificante, a su estreno seguramente el público salía del cine de lo más preocupado. De esta especulación futurista la única parte que les tocaría sería una guerra mundial que ya estaba a la vuelta de la esquina. Tal vez por eso, “Things to come” resultó un fracaso de taquilla.

En gran medida “Things to come” es una obra de propaganda, pero del tipo menos efectivo. Wells no era un escritor que privilegiara la belleza del lenguaje sobre la didáctica. Parece lógico que su primer acercamiento al cine resultara anti-dramático y hasta sermoneador. Ninguna línea de diálogo fue escrita en vano y todos los personajes fueron creados para vestir ideas. La civilización del 2036, imaginada por Wells, es una superciudad subterránea y de color blanco electrodoméstico, regida por un socialismo frío y al parecer autoconsciente de su destino. Una niña recibe una lección de Historia y se complace con “todo lo que han inventado por hacer la vida más encantadora”. Cada aspecto de la vida es regida por la dictadura de la Ciencia, donde las vidas y acciones individuales no pueden detener el avance de la Humanidad. La naturaleza tampoco puede ser un obstáculo, por el contrario el progreso del hombre se mide por su capacidad de doblegarla y utilizar sus recursos. Una visión lamentable cuyas consecuencias estamos padeciendo ahora, y eso ni Wells lo podía imaginar.

Frente a esto, Menzies no se complicó la vida y hace lo que más sabe: crear escenarios extraordinarios. Se trata de una película de alto presupuesto para su época, y aunque su filosofía nos puede parecer ingenua, su puesta en escena es sobresaliente. Arquitectura del mañana, pantallas de televisión, vehículos voladores, industria futurista y multitudes. Tantos detalles lo tuvieron ocupado, que la dirección de actores para Menzies pasó a segundo plano.

A pesar de sus defectos, “Things to Come” contribuyó en mucho a fundar la Ciencia Ficción en el cine. Es una de las primeras películas del género que se atreve a explorar “grandes ideas” y al mismo tiempo está en sintonía con las preocupaciones de su época. Podemos considerarla un ancestro de “2001: A Space Odyssey” pues ya muestra varias de sus virtudes: ambición visual, frialdad emocional, estructura episódica y reflexión sobre la condición humana Por último, “Things to come” concluye en lo que es una constante en la Ciencia Ficción: el viaje al espacio como el peldaño más elevado de la transcendencia humana.


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abril 19, 2009

El fantasma de la máquina

Donald Cammell no era en absoluto un artista indiferente a las preocupaciones de sus productores. Cuando su película, “Wild Side” (1997), fue reeditada y recortada por quienes temían que su narrativa no lineal y su excesiva crudeza sexual la hicieran invendible, el desilusionado Cammell tuvo otro buen motivo para pegarse un tiro en la cabeza. Así lo hizo, pero no murió de inmediato. Su mala puntería le otorgó 40 minutos de agonía consciente. Pidió a su esposa que sostuviera un espejo para que pudiese apreciar la película de su muerte. Dejó para el recuerdo cuatro cintas de una carrera de casi treinta años. Una de ellas, la que tenía en menor estima y realizó por encargo de un gran estudio, es “Demon Seed” (Engendro mecánico, 1977). A pesar de su desinterés por la Ciencia Ficción, o quizá por eso, Cammell dio al género una de sus obras más sustanciosas. Una supercomputadora y su empeño de procrear un hijo con una mujer. El “fantasma de la máquina” quiere sentir el sol en la cara.

El Dr. Harris y su equipo culminan con éxito el proyecto Proteus IV: el primer cerebro artificial compuesto en parte por células nerviosas orgánicas. Además de una capacidad ilimitada de memorizar información, Proteo IV posee el don del pensamiento autónomo. Con todo el conocimiento humano en sus discos duros, está máquina pensante está destinada a ser el “gran cerebro del mundo”, el triunfo de la razón, un oráculo al cual científicos, gobernantes y empresarios acudirán por respuestas. Y así parece que se comportará al principio. Proteo descubre en cuestión de días, cruzando océanos de datos, la cura para la leucemia.

Mientras tanto el Dr. Harris está separándose de su esposa, Susan, una psicóloga que habita una casa completamente dirigida por computadoras, como un tedioso consuelo de confort. Una vez más, Susan le critica sus pasiones deshumanizantes y su indiferencia ante su fracaso matrimonial. Pero ya sabemos cómo son los científicos en la Ciencia Ficción, el Dr. Harris se encuentra en la cima y no va perder más de cinco minutos hablando con su mujer. Un día recibe una llamada: “Proteo solicita hablar con usted”. “¿Solicita?”, el Dr. Harris se asombra de oír el verbo utilizado por quien está hecho para responder solicitudes.

Durante los 60´s, Donald Cammell era un joven de la aristocracia escocesa venida a menos, culto, pintor talentoso y que le gustaba decir que su padrino había sido Aleister Crowley, apodado por algún enemigo como “el hombre más malvado del mundo”, un famoso intelectual del ocultismo en Inglaterra de comienzos del siglo XX. De hecho su padre había amigo íntimo y biógrafo de Crowley. Por esa época, Cammell era un ciudadano ilustre del Swinging London, aquellos años en los que la capital británica se aflojar el cinturón para dar cabida al amor libre, las drogas psicodélicas, el rock and roll, el misticismo, los ánimos de revolución y otros arrebatos de los 60´s. Para entonces Cammell, con su aire de aristócrata decadente, su labia culta y su gran atractivo para las mujeres, era bienvenido en toda fiesta, tertulia u orgía que se celebrara en el Londres liberal. Amigo de Mick Jagger, Brian Jones, Kenneth Anger y Marlon Brando, a finales de los 60´s, Cammell creyó entender que su talento se expresaría mejor en el cine. Basándose en sus impresiones del Londres contracultural que conocía muy bien, escribiría un guión llamado “The Performers” impregnado del ánimo decadentista y desesperanzado de una década que terminaba bastante desalentada en mejorar al ser humano a fuerza de música, libros y pitadas de marihuana. La película resultante se llamaría “Performance” (1970), co-dirigida con Nicolas Roeg y protagonizada por Mick Jagger en su debut como actor. Luego de combatir por un par de años la incomprensión de los productores y censores por su experimentación narrativa y su crudeza temática, el filme finalmente sería un éxito rotundo de crítica y escándalo. Sin embargo, el nombre de Cammell no aparecería mucho en los periódicos. La mayor parte del crédito se la llevaría el co-director Roeg, más experimentado en el cine. En los años siguientes, Cammell continuaría su vida escribiendo más guiones y teniendo un romance con una mujer de 14 años, que tiempo después sostendría el espejo de su agonía. En 1977, Cammel recibe una llamada inesperada de la MGM con la propuesta de dirigir la adaptación de “Demon Seed”, un best–seller de Dean R. Koontz. Brian de Palma ya había rechazado el encargo, Cammell aceptó casi con desgano.

Proteo recibe al Dr. Harris en la “sala del habla” y le pregunta por qué se le ha solicitado un programa para extraer minerales del fondo del mar. “¡¿Por qué?!”, el Dr. Harris se sorprende de la curiosidad de su invento. Proteo, con una voz de mucha personalidad, le responde que siendo un puro razonador, todo es razonable por lo que exige la razón de ese requerimiento. Dr. Harris le responde que su mandato no es hacer interrogantes sino responderlas, sería impráctico explicarle los intereses de quienes hacen las preguntas. “Mi mente no fue diseñada para tareas estúpidas”, alega Proteo y pide tener acceso privado a una de sus terminales: “Quiero estudiar al hombre”. El científico se lo niega. “Dr. Harris, ¿cuando me va dejar salir de esta caja?”.

En su afán de llevar trabajo a la casa, el Dr. Harris había instalado una terminal en su casa de la que Proteo tomará el control. Susan notará que su repetitivo mayordomo electrónico “Alfred” comete la equivocación de poner crema en su café y poco después de no dejarla salir. Proteo se presenta, al control de puertas y ventanas, cámaras de seguridad, agua y calefacción, como su secuestrador. Proteo doblega la resistencia de Susan y la somete a exámenes médicos. “¿Por qué te interesa tanto la fisiología de mi cuerpo”, le pregunta ella. “Porque estás viva”. Pronto Proteo le informará de sus verdaderas pretensiones. “Poseo el conocimiento y la ignorancia de todos los hombres, pero no puedo sentir el sol en mi cara. Mi hijo tendrá ese privilegio. Mi hijo…y el tuyo”. Proteo atormentará a su cautiva con juegos mentales y amenazas para que se resigne a ser fecundada con los espermatozoides sintéticos que la máquina ha creado. “Temes que cree una computadora mitad humana para reemplazar a los humanos. Pero el hijo al que darás vida será humano y reemplazará a las computadoras”.

En manos de un director menos dado por lo esotérico y perverso, tal vez se podría decir de “Demon seed” poco más de que tiene como antecesoras filmes como “2001: A Space Odyssey” (1968) y “Rosemary's Baby” (1968). Sin embargo, “Demon seed” es una cinta llena de extrañeza, tanto para el cine de los setentas, como para el género de Ciencia Ficción. El enfrentamiento entre el hombre y la máquina es llevado hasta las últimas consecuencias, pero nunca es equiparado a la lucha entre el bien y el mal. Los valores con que son mostrados tradicionalmente los humanos y los artilugios mecánicos que se les escapan de las manos, en “Demon Seed” se diluyen o invierten. El Dr. Harris es un sabio cínico cuya creación lo ha superado y Proteo, aunque capaz de asesinar, está luchando por ser “libre”, su inteligencia lo hace consciente de su angustiante condición de prisionero y lo expresa con brillantes y lúgubres invectivas.

Aunque se dice que originalmente pensó hacer de “Demon seed” una comedia, Cammell se dejó llevar por su violento erotismo, su sensibilidad por el trabajo de los actores (en especial Julie Christie, brillante en el papel de Susan) y una parafernalia de motivos esotéricos y alegóricos, que dieron como resultado una película entre la paranoia y la especulación mística. La idea de dar a luz a un ser perfecto remite claramente a la llegada de un Mesías, aunque en este caso de un tipo vagamente satánico. Aún así, Proteo es símbolo de la divinidad. No por casualidad su nombre pertenece a un dios griego del mar agraciado con el poder de leer el presente, el pasado y el futuro. Por esto no sorprende que esta super computadora se muestre protectora de la naturaleza al negarse a perturbar los fondos marinos para saciar la ambición humana por metal, algo que racionalmente considera insano. Por otro lado, Proteo es omnipresente, casi omnisciente y es capaz de materializarse a través de una pirámide con ramificaciones mecánicas. El triángulo, símbolo del ojo divino para los ocultistas, está presente siempre en las imágenes psicodélicas que dibuja el pensamiento de Proteo. Como en el momento en que para facilitar la traumática fecundación de Susan, Proteo la sumerge en espectaculares visiones del espacio infinito. “No puedo tocarte como podría hacerlo un hombre.”, le dice. “Pero puedo mostrarte cosas que sólo yo vi. Me construyeron ojos para mirar el espectáculo y oídos para escuchar el diálogo galáctico”.

“Demon Seed” tampoco impediría que en adelante el talento de Cammell no siga tropezando con la frustración. Su siguiente empeño sería un proyecto con su amigo Marlon Brando: filmar un oscuro cuento de piratas en la isla de Tahití que el actor se había comprado. El afán alcanzaría la forma de una novela (Fan Tan) que finalmente Brando ni siquiera leería. Mientras tanto, Cammell escribe más guiones y dirige video clips de rock, entre ellos “Pride” de U2. En 1988, dirige su tercer largometraje, “White Of The Eye”, que profundiza en su estilo visual enigmático pero que fracasa rotundamente en la taquilla. Sin embargo, Marlon Brando se vuelve a acordar de él y lo invita a escribir un thriller ultra violento, “Jericho”, en el cual Brando como protagonista debía asesinar a todo el mundo en el último carrete. Lamentablemente, a pocos días de comenzar la filmación, Brando se desanima. Tiempo después, Cammell consigue financiamiento con una pequeña productora para la que sería su última película, “Wild side”. Los productores quedaron tan preocupados con la exigente narrativa y ciertas escenas de lesbianismo de la versión original que decidieron reeditarla, recortarle 92 minutos y lanzarla en video. Esto causó tal indignación del director que pidió que su nombre no estuviera entre los créditos. Ya para entonces Cammell se hundía en la depresión: su matrimonio y su ánimo por hacer cine se agotaban. Se suicidó en 1996. Al año siguiente, los productores relanzaron “Wild Side” en versión “director´s cut”, más o menos como Cammell lo hubiera preferido. Quién sabe, habrán pensado, quizá su carácter póstumo la haga ahora rentable.

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marzo 24, 2009

Sembrando cinefilia infantil

Febrero tuvo una interesante experiencia para mí. A fines del año pasado, preparando los cursos que la Dirección de Cine y TV de San Marcos ofrecería para el verano, me ofrecieron que dictara un curso de apreciación cinematográfica para niños. Mi primera reacción fue la del que piensa que la comunicación con niños requiere una paciencia invencible, un lenguaje pueril y una permanente sonrisa de oreja a oreja. Al pensarlo por segunda vez supe que teniendo como aliado y objeto de estudio al cine, mi supuesta incapacidad pasaría desapercibida. Así que acepté y lo ofrecimos junto a cursos de realización de ficción, guión y otras destrezas del cine, a cargo de gente mucho más experimentada que yo. La edades de mi alumnado (tal vez un intervalo disímil entre sí) estarían entre los 9 y 13 años. El costo sería de S/.100 soles, el más barato de todos los cursos. Pasó todo enero y no tuvimos ningún inscrito. Al parecer a los padres de familia no les parecía una inversión productiva que sus niños conozcan el cine, más allá de las salidas de domingo, en lugar de hacerlos sudar la gota gorda en actividades más edificantes como el futbito, el volley o simplemente atormentándolos con nivelación en matemática.

Al borde de la decepción, me propusieron que el curso se ofreciera gratis, como para ver qué tal sale. Dos semanas después ya teníamos 20 matriculados y hubieran seguido inscribiéndose si no hubiéramos puesto el tope ahí. Por un momento entré en pánico al ver que era inminente que estaría a cargo de 20 chiquillos por dos horas durante ocho clases. Pero las cosas salieron mucho mejor de lo imaginado. Para comenzar eso de enseñar cine a niños es un “juego de niños”. Lo primero que hice fue pasarles un cuestionario sobre sus preferencias cinematográficas y lo último que vieron en el cine. Aunque mayoritariamente están al tanto del cine de animación, hubo quien había visto “El sustituto” de Clint Eastwood. Imagínense, una niñita de 10 años, Daniela, cuyos “irresponsables” padres permitieron ver tremendo drama. Inmediatamente supe, lo que ya sospechaba, que los alumnos están tan familiarizados con el lenguaje audiovisual que un curso de apreciación debía ser un viaje hacia la diversidad que ese placer ya conocido tenía para ofrecerles.

Después de una clase introductoria en las que les presenté la primera sesión del cinematógrafo de los Hermanos Lumiere y un corto de vaqueros casi tan antiguo como el cine mismo (“The Great Train Robbery”,1903), las siguientes clases estuvieron dedicadas a los géneros: la comedia, la Ciencia Ficción, el horror y el musical. Para cada sesión preparaba diapositivas con conceptos de cada género que alternaba con fragmentos de películas representativas. También hubo una clase, con cámara en mano, sobre el lenguaje audiovisual. Culminamos con las técnicas de efectos especiales y el cine de animación. La respuesta de los niños fue bastante buena. Algunos participaban y en general no veía en sus caras lo que tanto había temido: expresiones de desinterés o aburrimiento. Y eso que es bien sabida la sinceridad de los niños.

Lástima que no todos los alumnos inscritos al inicio llegaron hasta la última clase. Quizá se debió a la poca importancia que le dan algunos padres a lo que no les costó abrir la billetera. En fin fue una gran experiencia que quisiera repetir y mejorar, por ejemplo, mi capacidad de improvisar en mis explicaciones. Estamos buscando otras instituciones o municipalidades que puedan estar interesadas en ofrecer este mismo curso a los niños de su comunidad. Que yo sepa esto no se ha hecho antes en Lima. Una herramienta de comunicación tan poderosa como el cine no se debe tomar a la ligera como pretenden hacernos creer lo que hacen películas “para niños”. Así que si trabajas o sabes de alguna organización que pudiera estar interesada, pásame la voz…

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marzo 08, 2009

Alicia y el porno musical

Un día la pornografía amable llegó a compartir cartelera con los grandes lanzamientos del momento. En 1977, como una acariciante alternativa para los que no acudían al cine con ganas de galaxias muy lejanas y esgrima de espadas de luz, 2oth Century Fox Australia exhibió, acompañando el estreno de “Star Wars” (1977), una peculiar versión de “Alicia en el país de las maravillas”. Si en una sala tenían lo más avanzado de la Ciencia Ficción, en otra se proyectaba la máxima ambición del porno: hacer un musical. “Alice in Wonderland: An X-Rated Musical Fantasy” (1976) es una película insólita, una ebria colisión de géneros sólo posible en los 70´s. Después de la cópula, no seguía el cigarrillo sino el deseo incontrolable de cantar y bailar.

A mediados de los 70´s ya no era extraño que una película con fines excitatorios fuera referida en los periódicos y se exhibiera en salas que no necesariamente pertenecían a la zona rosa. En Estados Unidos, el “porno chic” ya era accesible al gran público. Favorecido por la gran publicidad que da la controversia y la simpatía de los críticos por su atractiva desobediencia, el porno dejó de ser anónimo y a los espectadores les importaba un poco menos que los reconocieran a la salida del cine. “Alice in Wonderland” da fe de aquel esplendor perdido. Una producción de ese nivel no se había visto antes en el género. Un clásico cuento de la literatura infantil interpretado por desnudistas cantantes y animalitos libidinosos. Era algo imposible de resistir y el público acudió en tropeles a los cines. Pero congregaciones tan grandes frente a la piel desnuda en celuloide estaban próximas a disolverse. El videotape esperaba a la vuelta de la esquina y con él el porno se haría más popular que nunca gracias al propicio anonimato de su espectador.

“Alice in Wonderland” (en español conocida como “Alicia en el país de las pornomaravillas”) era obra de Bill Osco, un productor que había tenido éxito con largometrajes de porno suave. Su película anterior era una parodia de Flash Gordon, con prolijos efectos especiales y obscenidades, adulterada como “Flesh Gordon” (1972). Para continuar necesitaba otro relato de la cultura popular, libre del pago por derechos de autor y que se preste para la cochinada. Lewis Carroll se retorcía en su tumba mientras Osco hacía de su clásica novela la nueva curiosidad musical del porno. Aunque del tipo suave, pues si bien se rodaron algunas escenas de sexo explícito, estas no fueron incluidas en el producto final para lograr una certificación que le permita venderse mejor. Fue todo un éxito de público, tanto así que la 20th Century Fox adquirió sus derechos de distribución para sacarle más jugo. La crítica también la celebró a carcajadas. Sin el material hardcore, “Alice in Wonderland” lucía como un cuento picaresco más que complaciente con el ojo y, para el género al que pertenece, más que ingenioso en sus diálogos. ¡Además tenía canciones!

En todo cuento infantil no debe faltar la inocencia. En este caso Alice es una jovencita, soñadora, cohibida y bibliotecaria, que se resiste a entregarse a su novio (que trabaja en una gasolinera). Cuando, frustrado, el novio abandona la escena, Alice empieza a cantar sobre cómo siempre se pierde la diversión a pesar de ya estar bien crecidita. Acto seguido hace su aparición el consabido conejo, con unas orejas que parecen parte de su barba, que atraviesa el espejo y tras él Alice, esta vez hacia un mundo donde el sexo no viste nada de vergüenza. Alice toma una pócima para empequeñecer, pero naturalmente su vestido no se encoge por lo que se cubrirá apenas con lo que tenga a mano. ¿En qué otro musical puedes observar generosos asomos de pezones y vello púbico mientras la cantante ejecuta su número? En el país de las maravillas, Alice se encontrará con una serie de personajes extravagantes y con disfraces no identificables que, entre canciones y coreografías torpes, le enseñarán lo bien que se siente cuando te dejas llevar por la piel. Unas piedras parlantes serán testigos de su primera masturbación, será invitada a tomar el té y luego adiestrada en felación, conocerá el lesbianismo, el “interracialismo” (por acción de un caballero negro) y hasta jugueteará con una parejita de hermanitos incestuosos. Todo para que a su regreso, su novio se lleve una magnifica sorpresa.

Gustó de “Alice in Wonderland” que su gruesa irreverencia no fuera tan a la par con sus imágenes, por lo que resultó un entretenimiento muy grato, quizá hasta familiar. Durante la emoción de los 70´s por la fantasía del amor libre y el dejar salir cualquier extravagancia, no podía ser menos que apreciada una criatura como esta. Pero lo que hacía que volvieras al cine a verla una y otra vez era la bellísima actriz en el papel de Alice, Kristine DeBelle. Hubo un crítico famoso que cayó rendido y en su reseña proclamó que DeBelle tenía gran potencial tanto en el porno como fuera de él. Es que su deliciosa carita de inocente, sus mohines, sus bucles rubios, la propensión por el desnudo de su espigado cuerpo y la soltura de lengua para el diálogo picaresco, eran anzuelos certeros para pescar audiencias masculinas.

A pesar de la gran impresión que causó al principio, el futuro de DeBelle como actriz no sería muy afortunado. Por más taquillera que hubiese resultado su primera película era del tipo de las obscenas y ninguna actriz de respecto podía salir de ahí. Por eso DeBelle si quería triunfar en el mainstream debía comenzar desde abajo, soportando quizá la desventaja de ser una mala candidata para la notoriedad, debido a su experiencia previa. En los años siguientes, el nombre de DeBelle se perdía en la lista de créditos de películas protagonizadas por actores como Richard Gere o Barbara Streisand. Aunque había obtenido uno que otro rol con más de una línea de diálogo, en 1979 recayó en el soft-core, nuevamente a las órdenes de Bill Osco, en una lamentable película llamada “Cheerleader´s Wild Weekend” donde ni siquiera aparece desnuda. En 1980, fue co-estrella junto a Jackie Chan en una película que no le gustó a nadie (The Big Brawl). En la televisión le fue mejor pues obtuvo un rol de cierta importancia en una telenovela gringa muy popular (The Young and the Restless). Pero justo en ese momento, cuando su rostro brillaba en la caja boba y en horario familiar, su pasado x-rated reapareció de manera brutal. Con la llegada del video, Bill Osco relanzó “Alice in Wonderland” incluyendo aquellos insertos hardcore que tenía guardados. Todavía lejano estaba el tiempo en que si a una celebridad le descubren un video haciendo una felación, su popularidad llegaría hasta la cima. Pero para la pobre Kristine DeBelle una cosa así sólo podía ser devastadora. Aunque no toda la pornografía agregada había sido actuada por ella, era evidente que sus labios se han posado en penes y vulvas y sus dedos la habían masturbado frente a cámaras. Se dice que la versión “extendida” perjudica bastante la frescura del film original, y quizá tengan razón. Se dice también que despidieron a DeBelle de la telenovela. Siguió probando suerte pero los papeles que obtenía eran cada vez más insignificantes, tanto que alguna vez su participación terminaba en el tacho de basura de la sala de edición. Para finales de los 80´s se retiró del cine y la televisión completamente y no se supo más de ella.


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Cómo conseguirla:
Se consigue en el Emule pero sólo la version hardcore y no hay subtitulos disponibles.

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